Diez minutos de práctica pueden convertirse en mucho más que una sesión de adiestramiento: también pueden favorecer los paseos, la constancia y una relación más fluida entre el perro y la persona
Septiembre suele llegar cargado de propósitos: hacer más ejercicio, organizarse mejor o dedicar más tiempo al perro. El problema aparece unas semanas después, cuando vuelven las obligaciones, empeora el tiempo y aquella intención de pasear o entrenar con mayor frecuencia empieza a desaparecer de la agenda. Para Ío Almagro, experta en comportamiento canino, la solución no pasa necesariamente por plantearse grandes sesiones, sino por reducir el compromiso hasta hacerlo sostenible.
“Simplemente son diez minutos al día”, explica durante una reciente intervención radiofónica. Su propuesta es reservar ese pequeño espacio unas cinco veces por semana y aceptar que no todo tiene que hacerse de manera perfecta. Lo interesante de su razonamiento es que no presenta el entrenamiento únicamente como una forma de enseñar conductas: puede convertirse también en una puerta de entrada a salir más, relacionarse mejor con el animal y aumentar la propia actividad física.
El pequeño estudio que está detrás de la propuestaAlmagro cita un trabajo que ella misma presenta con cautela: “Esto es un estudio piloto, que tampoco podemos poner la mano en el fuego de que sea así”. Se trata del ensayo SPOT, publicado en 2021 por investigadores de la Universidad de Massachusetts Amherst y el Smith College. Participaron únicamente 41 adultos que paseaban a sus perros tres días por semana o menos, por lo que sus resultados son interesantes, pero están lejos de constituir una demostración definitiva.

Los participantes fueron asignados al azar a dos grupos. Uno continuó con su rutina habitual y el otro asistió durante seis semanas a clases de obediencia básica de 45 minutos una vez por semana. Allí trabajaban ejercicios como sentarse, tumbarse, prestar atención, caminar con la correa sin tirar y saludar de forma controlada. El programa no estaba planteado expresamente para conseguir que las personas hicieran más ejercicio.
A las seis semanas, quienes habían recibido las clases paseaban de media 0,73 días más por semana que al comienzo, mientras que el grupo de control redujo sus paseos en 0,62 días. A las doce semanas, la diferencia entre ambos grupos alcanzaba 1,75 días de paseo semanales. Partiendo de una media inicial de 1,9 días, el grupo de entrenamiento rondaba así los 2,8 días de paseo por semana al final del seguimiento.
Entrenar diez minutos no fue exactamente lo que probó el estudioAquí hay un matiz importante. El ensayo no estudió específicamente sesiones domésticas de diez minutos cinco días por semana. Esa es la propuesta práctica que Almagro extrae de la idea general de introducir el entrenamiento de una manera asumible. El experimento original utilizó clases semanales de 45 minutos durante seis semanas, por lo que no sería correcto afirmar que la ciencia haya demostrado que exactamente diez minutos diarios produzcan esos mismos resultados.
Tampoco quedó demostrado con claridad que los participantes caminaran mucho más en términos absolutos. El grupo de entrenamiento sumó unos 480 pasos diarios a las seis semanas y alrededor de 1.084 pasos más que el control a las doce, pero los intervalos de confianza de esas estimaciones incluyeron la posibilidad de que la diferencia real fuese nula. Donde la señal fue más clara fue en la frecuencia con la que sacaban a pasear a sus perros.
Aun así, la idea encaja con investigaciones anteriores. Una revisión sistemática publicada en British Journal of Sports Medicine analizó 13 intervenciones que utilizaban la relación con el perro para aumentar la actividad física: el 82% mostró cambios favorables al grupo de intervención, aunque los autores señalaron que muchos trabajos tenían un riesgo de sesgo moderado o alto y reclamaron ensayos más sólidos y prolongados.
Cuando el paseo deja de sentirse como una obligación¿Por qué aprender algunos ejercicios podría terminar haciendo que una persona salga más de casa? El propio estudio SPOT encontró que quienes entrenaron mostraban una mayor autoeficacia para pasear, es decir, más confianza en su capacidad para hacerlo incluso en situaciones poco favorables, como después de un día largo. Los investigadores plantean que habilidades como caminar con la correa sin tirones pueden hacer el paseo más manejable y quizá también más agradable.
No es una idea aislada. Una revisión sobre los factores que favorecen los paseos concluyó que la relación entre el perro y la persona, la sensación de responsabilidad hacia él y el apoyo o motivación que proporciona están estrechamente asociados con salir a caminar más. Otro ensayo aleatorizado con 49 participantes consiguió alrededor de 58 minutos semanales adicionales de paseo mediante una intervención diseñada para reforzar la confianza, la autorregulación y el apoyo social relacionado con caminar con el perro.

Por eso Almagro plantea un círculo sencillo: entrenar facilita la comunicación, algunas situaciones cotidianas se vuelven más manejables y eso puede incrementar las ganas de compartir actividades. “Con poquito que hagas vas a darle un bienestar muy grande”, resume.
Diez minutos sí, pero importa cómo se utilizanQue la sesión sea corta no convierte automáticamente cualquier forma de entrenamiento en beneficiosa. La evidencia disponible apunta a que los métodos utilizados también importan. Un estudio con 92 perros encontró más comportamientos relacionados con estrés, mayor tensión y mayores aumentos de cortisol después de las sesiones en aquellos entrenados principalmente mediante métodos aversivos que en los grupos basados en recompensas.
La propuesta de Almagro va precisamente en la dirección contraria a convertir la educación en un espectáculo complicado o en una búsqueda de resultados perfectos. Diez minutos pueden utilizarse para practicar una llamada, caminar con calma, mantener la atención o simplemente aprender a comunicarse mejor. La clave está más en la regularidad y en la calidad de esa interacción que en hacer una sesión larga de vez en cuando.
Cuando afirma que “con tu perro es éxito asegurado”, además, no está prometiendo que cualquier problema de comportamiento vaya a desaparecer. Se refiere a algo bastante más cotidiano: frente al amigo que termina cancelando el gimnasio, el perro suele estar disponible para salir, jugar o practicar. Y convertir esa disponibilidad en una rutina puede hacer que esos diez minutos terminen cambiando bastante más que lo que el perro sabe hacer.