Tiene 8 años, se llama Matías Zucherino y está diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Pese a su baja estatura, propia de la edad, este jueves destacaba entre la multitud que se agolpaba en las inmediaciones del Palacio de los Deportes de Oviedo para recibir al Premio "Princesa de Asturias" de los Deportes 2026 para recibir a Leo Messi. Lo hacía porque entre sus pequeñas manos colgaba una pancarta dibujada por él: "Por papá amo Argentina, por vos amo el fútbol".
Tiene 8 años, se llama Matías Zucherino y está diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Pese a su baja estatura, propia de la edad, este jueves destacaba entre la multitud que se agolpaba en las inmediaciones del Palacio de los Deportes de Oviedo para recibir al Premio "Princesa de Asturias" de los Deportes 2026 para recibir a Leo Messi. Lo hacía porque entre sus pequeñas manos colgaba una pancarta dibujada por él: "Por papá amo Argentina, por vos amo el fútbol".
La pasión de Zucherino por la selección argentina nació cuando todavía era muy pequeño. Su padre (argentino afincado en Asturias desde hace 20 años) le transmitió el amor por la albiceleste y, con ella, por un futbolista que acabaría convirtiéndose en mucho más que un ídolo. Pero disfrutar de esa afición no siempre fue fácil. Los lugares concurridos suponían un reto para el pequeño, que podía llegar a sentirse desbordado ante demasiados estímulos.
"Le costaba mucho estar en sitios con demasiada gente porque colapsaba", explica su madre, Rocío Villaverde, mientras observa orgullosa a su hijo. Poco a poco, Zucherino fue dando pequeños pasos. Empezó a bajar a los bares para ver los partidos, aunque con una condición: que jugara Messi. El fútbol se convirtió así en una puerta de entrada a situaciones que antes le resultaban difíciles de afrontar.
Con el paso del tiempo, su "messimanía" fue creciendo y el pequeño encontró en el deporte una motivación para relacionarse con los demás y ganar confianza. "Habla poco, pero gracias al fútbol fue tolerando cada vez más a la gente", cuenta Villaverde, de origen peruano.
El cambio también llegó al terreno de juego. El año pasado, Zucherino sorprendió a su familia al pedir que lo apuntaran a un equipo de fútbol. Para su madre, aquella decisión significó mucho más que empezar a practicar un deporte. "Me quedé sorprendidísima. Años atrás no hubiese sido capaz de estar con muchos niños, en una cancha de fútbol y con contacto físico… Fue todo un logro y fue gracias a la insistencia de su papá", recuerda con una sonrisa.
Por eso, lo que ocurrió este jueves en Oviedo tuvo un significado especial. Los pequeños avances que Zucherini había ido conquistando a lo largo de los años desembocaron en un paso que tiempo atrás parecía impensable: enfrentarse a una multitud para ver de cerca a su ídolo.
Todo comenzó con una frase al volver del colegio. "Mamá, quiero ir a ver a Messi", pronunció. Una petición sencilla que, para sus padres, encerraba mucho más que las ganas de conocer a un futbolista. Villaverde no dudó en acompañarlo y allí estaba, sujetándolo entre la gente, mientras esperaban la llegada del astro argentino.
"Mira cuánta gente, y estamos en primera fila… Nunca pensé que podría", celebraba la madre. A su alrededor, los aficionados esperaban con los móviles preparados, camisetas de Argentina y gritos de entusiasmo. Zucherini, en cambio, llevaba consigo algo más personal: una pancarta dibujada por él y una ilusión que había ido creciendo partido a partido.
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Quizá Messi nunca llegue a saber cuánto significó aquella espera para el pequeño ovetense y para sus padres. Pero Zucherini ya había ganado mucho antes de que apareciera su ídolo. Había llegado hasta el Palacio de los Deportes de Oviedo, rodeado de gente, dispuesto a vivir una experiencia que durante años le habría resultado inalcanzable. Y lo había hecho por amor al fútbol, por su padre y por ese jugador que, sin saberlo, le había ayudado a abrirse camino.
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