La experta, que ha publicado 'Criar sin ansiedad', explica cómo intentar evitar la angustia a nuestros hijos puede tener el efecto totalmente contrario
“El malestar infantil parece una acusación contra nuestra labor como progenitores”. Con esta contundencia se expresa la doctora Meredith Elkins, psicóloga clínica infantil, al inicio de su libro Criar sin ansiedad. Cómo salir del bucle ansioso familiar y ayudar a tus hijos a ser resilientes (Zenith). En una época en la que la maternidad y la paternidad están rodeadas de consejos, advertencias y expectativas, que un niño rompa a llorar en mitad de la calle puede convertirse en una fuente de desasosiego para quien lo acompaña por muchas razones.
La presión no es menor. Tal como explica la autora, que está especializada en la investigación y tratamiento de la ansiedad, entre 2016 y 2020 disminuyó de forma significativa el número de progenitores que afirmaban estar afrontando muy bien las exigencias de la crianza. “Más de dos tercios de los padres y madres creen que la crianza moderna es mucho más difícil que hace veinte años”, afirma. Una realidad a la que se suman otras preocupaciones muy comunes en la actualidad, como la falta de estabilidad económica, la preocupación por la seguridad, la tecnología o la soledad.
Una de las que más afecta es la sensación de que siempre hay una manera correcta de hacer las cosas. “En la cultura actual de la crianza intensiva, los progenitores están sometidos a una presión constante para hacer siempre más por el bienestar y el éxito futuro de sus hijos. Se ven inundados con el mensaje de que una buena educación significa proteger a los chicos de todos los peligros posibles, internos y externos”, desarrolla la especialista.
Y eso implica que ya no basta con mantener a la infancia físicamente a salvo. “Los padres y las madres se sienten impulsados a proporcionarles toda una serie de experiencias emocionales positivas y a compensar cualquier experiencia negativa. Te bombardean con la idea de que experimentar ansiedad provocará a los niños un estrés tóxico, picos de cortisol, heridas de apego y toda una serie de resultados alarmantes”, continúa.
Meredith Elkins
Psicóloga
Por todo esto, una crisis emocional, un miedo que se repite o la inquietud ante una situación nueva despiertan en las familias la necesidad de intervenir, proteger y solucionar cuanto antes aquello que está haciendo sufrir al menor. “Estamos en una cultura que considera a los padres como los artífices de la felicidad y del éxito de sus hijos. El malestar infantil parece una acusación contra nuestra labor como progenitores”, insiste, rotunda.
Por ejemplo, “si mi hija tiene una crisis emocional en público, no me preocupa tanto que la juzguen por ser una niña escandalosa como que me juzguen a mí por ser una mala madre”, revela la psicóloga. Esta carga “crea una presión tremenda que genera soledad, ansiedad e inseguridad” en las familias. “El deterioro de la salud mental de estos es, en realidad, otro factor de riesgo para el malestar de los más jóvenes”, advierte la psicóloga.
La sobreprotecciónEl problema de este intento constante por evitarles el malestar es que puede acabar enseñándoles precisamente todo lo contrario. “Cuando el objetivo es que los niños no sientan ansiedad, tristeza, frustración o vergüenza, los padres pueden transmitirles que las emociones desagradables deben evitarse y que no son capaces de manejarlas por sí mismos”, asegura la autora. De esta manera, la sobreprotección no reduce necesariamente la angustia, sino que puede reforzarla.
No solo eso. Al intentar evitar todo sufrimiento, “es fácil llegar a la conclusión de que todo lo que resulta incómodo debe ser también peligroso”, avisa Elkins. Eso lleva a que situaciones completamente normales del desarrollo como el rechazo social, ser expulsado de un equipo o los nervios por hacer una presentación se vean como completamente inaceptables.
De ahí que muchos adultos “envíen correos electrónicos a los profesores para que eximan a sus hijos de una tarea difícil, mantengan un contacto permanente con sus adolescentes cuando no están juntos o anden con pies de plomo en casa para no estresarlos”, enumera. Porque “para muchos progenitores saber que su hijo está sufriendo y no hacer nada al respecto es sinónimo de ser malos padres”, indica, de nuevo.
No obstante, Elkins y otros profesionales han advertido de que hay algo que no cuadra. “Si sentirse mal es peligroso, ¿no debería mejorar la salud mental de los niños cuando los cuidadores, los educadores, los médicos y los responsables políticos están trabajando para reducir su malestar? Estamos viendo el efecto contrario. Las tasas de trastornos ansiosos en edad pediátrica y las afecciones concurrentes no dejan de aumentar”, reflexiona la doctora.
Meredith Elkins
Psicóloga
Es por eso por lo que, por muy bienintencionados que sean sus actos, los adultos pueden acabar empeorando el estado de los menores. “Irónicamente, cuando te esfuerzas tanto por proteger a tus hijos y minimizar su angustia, estás creando el entorno perfecto para que la ansiedad avance”, desvela.
Los peligrosPara la psicóloga, la razón es muy sencilla: cuando se evita algo que incomoda, se pierde la oportunidad de aprender a enfrentarse a ello en el futuro. “Cuando los niños no tienen la oportunidad de practicar cómo lidiar el malestar, no aprenden a manejar sus emociones negativas, ni practican la tolerancia”, explica la psicóloga.

Esto puede resultar especialmente problemático en última instancia. “Pueden terminar actuando de manera realmente peligrosa cuando se enfrentan a desafíos más grandes”, advierte. En sus años de experiencia, Elkins ha visto “que acuden a los servicios de urgencias por tendencias suicidas y autolesiones, lo que refleja sus intentos más preocupantes de lidiar con emociones que les parecen totalmente incontrolables”.
Por todo ello, la psicóloga manifiesta “que los intentos de proteger a los niños del malestar pueden empeorar la ansiedad, intensificar la dependencia y suprimen la resiliencia”, dice.
Ansiedad normal VS clínicaEso sí, a pesar de esta argumentación, Elkins considera imprescindible distinguir entre la ansiedad cotidiana y aquella que puede convertirse en un problema clínico. Aunque no existe una prueba irrefutable, existen algunas circunstancias que pueden ayudar a identificarlas. Una de las más evidentes para la especialista es que hay etapas del desarrollo en que estos sentimientos son más esperables. “Es normal y beneficioso que los bebés empiecen a mostrar angustia por la separación ante los extraños a los 8 o 9 meses de edad. La angustia por estar separados de los cuidadores principales suele ser un indicador de un apego seguro”, comenta.
La época del año también puede variar esa angustia, como el inicio del curso escolar cuando los menores están más nerviosos por las presiones académicas. Además, factores como el descanso o la alimentación también pueden influir en los niveles de estrés. “Si observas un aumento de esta emoción que se ajusta a estas líneas generales es razonable suponer que es una dificultad normal, común y limitada en el tiempo”, dice antes de matizar: “Normal no significa fácil, indoloro o no merecedor de empatía”.
Meredith Elkins
Psicóloga
Ahora bien, según Elkins, hay tres indicadores que nos ayudarían a discernir si se trata de un cuadro clínico: “en qué medida interfieren los síntomas en tu vida, cuánta angustia te causan y desde cuándo están presentes a este nivel”. El primero se refiere a si esta situación está trastornando tu vida de manera desproporcionada. “Entre las conductas comunes que interfieren clínicamente entre los jóvenes con trastorno de ansiedad figuran dejar las actividades extracurriculares, evitar las situaciones sociales o enviar mensajes de texto a los padres continuamente en busca de consuelo”, cuenta Elkins.
El segundo nos invita a valorar si el malestar que sentimos no es simplemente complicado, sino que “es demasiado, que lo controla todo”. En cuanto al tercer factor, la psicóloga señala que la angustia clínica suele prolongarse en el tiempo. “Para que se diagnostique un trastorno, los síntomas deben estar presentes durante menos al menos varias semanas o meses consecutivos sin una mejora significativa”, ejemplifica.

Lejos de intentar eliminar esta emoción, la doctora Meredith Elkins asegura en su libro que la ansiedad no es algo que haya que erradicar, sino que debe comprenderse y manejarse con las estrategias adecuadas. Lo primero que propone es analizar la concepción que tenemos sobre este sentimiento, especialmente en la educación de los hijos. “Cuando identificas las aguas en las que estás nadando puedes optar por ir a encontrar otra corriente y tomar las decisiones adecuadas para ti y tu familia”, apunta la especialista.
Después, sugiere interiorizar que experimentar fluctuaciones en los niveles de estrés emocional a lo largo de la vida es completamente normal, lo que ayuda a no ver esta emoción como algo incontrolable. “Si reconoces que es normal que tu hijo de 10 años experimente más pensamientos de angustia en esta etapa de su desarrollo te ayuda a normalizar y validar su experiencia”, revela.
Meredith Elkins
Psicóloga
En casos más arraigados, la experta sugiere realizar terapias de exposición, una práctica psicológica que anima a afrontar la angustia en lugar de evitarla. “La resistencia surge cuando aprendes que puedes lidiar con el malestar y que la forma más eficaz de superar un miedo consiste en enfrentarse a él. Después de una terapia de exposición gradual e intencional, los niños con miedo a dormir sin sus padres se van de campamento y los jóvenes que tenían miedo a conducir se van de viaje con sus amigos”, asegura.
Además, recomienda enseñar con el ejemplo, ya que los menores buscan en sus cuidadores contexto e información sobre cómo interpretar lo que ocurre a su alrededor. “Si tratas la ansiedad normal como una catástrofe, tu hijo la ve como algo sobre lo que no tiene control, que no puede manejar y que hay que solucionar de inmediato”, cuenta antes de concluir: “Lo que tú haces es muy importante porque mostrar creencias valientes y respuestas resilientes prepara a tus hijos para tenerlas”.
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