Los incompetentes llegaban antes al poder con golpes de Estado; ahora, democráticamente
Kim Jong Un, el amado líder norcoreano, ha usado cañones antiaéreos para ejecutar en público a colaboradores caídos en desgracia. Teodoro Obiang, que dio un golpe de Estado en 1979, lleva 47 años como mandamás en Guinea Ecuatorial, donde secuestra, tortura y recompensa por la captura de opositores en fuga. El ugandés Idi Amin Dada eliminó a 300.000 paisanos y guardó la cabeza de algunos en la nevera, abonando la leyenda de su canibalismo…
He aquí tres dictadores despiadados, dispuestos a matar para alcanzar el poder o para conservarlo. Pero al poder puede accederse también más discretamente, con intrigas y alianzas inconfesables, como las que encumbraron en Rusia a Vladímir Putin, que después modificó la Constitución para seguir en el Kremlin hasta el 2036 (si no palma antes) y liquidó uno tras otro a sus opositores.

Luego están los que son elegidos en las urnas, pero vienen resueltos a cargarse o pervertir la democracia, como Hitler tras las elecciones en 1933. En esta línea sobresale Donald Trump, que cuestiona los resultados electorales si no le gustan, que alentó el asalto al Congreso, que miente a diario y que aprovecha la presidencia para lucrarse. También brilla el israelí Beniamin Netanyahu, que ejerciendo su cargo ha logrado que la Corte Penal Internacional emitiera orden de detención en su contra por crímenes de guerra y de lesa humanidad.
Es decir, unos llegan al poder a tiros, otros mediante maniobras oscuras y otros luciendo máscara de demócrata, que se quitan a la primera de cambio. Como era de prever, todos ellos acaban siendo gobernantes indignos. Pero luego están aquellos que, aun careciendo de las aptitudes requeridas, son elegidos en comicios limpios por los censados, con plena libertad (y pocas luces).
Por ejemplo, es probable que el día 25 Flávio Bolsonaro (en la foto) gane la segunda vuelta de las elecciones brasileñas, alinee su país con el trumpismo y libere a su padre, Jair Bolsonaro, que como presidente boicoteó la labor anticovid de la sanidad pública, y que está condenado a 27 años por intento de golpe de Estado.
Los incompetentes llegaban antes al poder con golpes de Estado; ahora, democráticamenteSigamos. Colombia ha elegido presidente a Abelardo de la Espriella, defensor de paramilitares y autor de manuales para enriquecerse, entre otros méritos. Perú, a Keiko Fujimori, a cuyo padre y antecesor le cayeron 25 años por secuestro y corrupción. Y acabo de enterarme de lo siguiente: Delcy Rodríguez, que medró en el bolivarismo y ahora es presidenta encargada de Venezuela por la gracia de Trump, a quien de veras adora es al difunto gurú Sathya Sai Baba, al igual que Nicolás Maduro.
Es verdad que Delcy no fue, stricto sensu , encumbrada democráticamente. Pero sí lo fue Isabel Díaz Ayuso, que encadena mayorías en la Comunidad de Madrid, acusando de todo tipo de tropelías a sus rivales, mientras echa pelotas fuera cuando le preguntan por el ático de seis millones adquirido para su uso. Y parece que lo será Sílvia Orriols, a la que se vaticina un avance de miedo en el Parlament, pese a su poca experiencia de gobierno y al nivel de sus colaboradores. O Abascal, esa fábrica de bulos ambulante.
¿Tiene sentido que elijamos libremente como autoridades a quienes no son los más preparados, ni los más empáticos ni, presumiblemente, van a mejorar la sociedad? Cabe recordar que el verbo elegir , que supuestamente conjugamos cuando decidimos nuestro voto, lleva incorporado un matiz de preferencia. Votamos a un candidato porque le preferimos a los otros. Y le preferimos, ideologías aparte, porque creemos que puede dejar el mundo algo más apañado que cuando se lo confiamos. Y, por tanto, actuar con espíritu democrático, cívico, de progreso.
Los resultados electorales que aúpan a quienes piensan más en ellos que en los demás carecen de sentido. Sin embargo, al contar la creciente cantidad de megalómanos e incompetentes que trepan hasta cargos presidenciales, sencillamente no damos crédito. Peor aún: si más pronto que tarde abusan de su poder, ni siquiera podremos quejarnos, porque previamente muchos hicieron un uso temerario de su legítimo derecho a voto.
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