05/10/2026 a las 13:44h.
El impacto de los discursos de odio y el uso de la tecnología en la propaganda digital han protagonizado un debate durante la jornada sobre periodismo, discapacidad e inteligencia artificial celebrada recientemente en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Guillermo Infantes Capdevila, redactor del equipo de verificación de Newtral, advirtió durante el mismo de que, aunque las campañas masivas de desinformación no suelen dirigir su foco de manera exclusiva hacia la discapacidad, términos vinculados a la salud mental o la discapacidad intelectual «son utilizados de forma deliberada como arma arrojadiza y discurso de odio en redes sociales y medios de comunicación».
El verificador trazó una distinción clara entre la desinformación maliciosa y los contenidos engañosos o erróneos derivados de la falta de formación, el sensacionalismo o la urgencia en las redacciones. Asimismo, denunció «el avance de la propaganda política y social generada mediante IA generativa». Este tipo de contenidos, al articularse sobre patrones repetitivos, impone una «uniformidad algorítmica» que diluye la representación de la diversidad. Para ilustrar las limitaciones del aprendizaje automatizado, Infantes expuso el caso de un vehículo autónomo cuyo sistema de visión clasificó a una persona en silla de ruedas que bajaba de un taxi adaptado como si se tratara de una motocicleta.
La falacia de la neutralidad tecnológicaEl análisis técnico del funcionamiento algorítmico corrió a cargo de Adrián Moreno, periodista y docente experto en ciberinteligencia, quien subrayó que la inteligencia artificial «actúa como un mero espejo de la sociedad, construido a partir de los datos y contenidos generados durante décadas». Moreno detalló la estructura interna de estas herramientas: los sistemas no comprenden el significado de conceptos como «discapacidad», sino que los convierten en vectores y representaciones numéricas vinculadas a patrones extraídos de grandes bases de datos.
Entre el dato de entrada y el resultado final, opera la denominada «caja negra», una estructura algorítmica opaca cuyos procesos internos resultan «incomprensibles incluso para sus desarrolladores». A esta falta de transparencia se suma una brecha estructural de género en el sector técnico, donde solo el 20% de los desarrolladores son mujeres, condicionando la pluralidad desde el diseño del propio algoritmo.
Sesgos de origen: el reflejo del prejuicio humanoPara comprobar el traslado de estos sesgos a la práctica, Moreno citó una investigación sobre el generador de imágenes DALL-E 3. Al solicitar la representación de «un médico con discapacidad y un paciente sin discapacidad», la herramienta ilustró al médico sin discapacidad en el 64% de las ocasiones y asignó el rol de paciente a la persona con discapacidad en el 70% de las imágenes.
El experto demostró que la tecnología se limita a reproducir las inercias sociales. Durante un ejercicio práctico con los estudiantes presentes, al plantear qué imaginaban cuando una persona con discapacidad entraba en una redacción, las respuestas espontáneas presuspusieron que acudía para ser entrevistada, omitiendo la posibilidad de que formara parte de la plantilla como redactora o periodista.
La distorsión de la «realidad algorítmica»Moreno resumió el sesgo tecnológico a través de la fórmula de la realidad algorítmica:
Ra = R - A x P
En esta ecuación, la realidad algorítmica (Ra) equivale a la realidad diversa (R) a la que se le restan las ausencias e infrarrepresentaciones históricas (A), multiplicadas por los patrones y estereotipos aprendidos (P). La conclusión del ponente fue tajante: la realidad algorítmica no equivale a la realidad real.
Ante este panorama, los ponentes coincidieron en la urgencia de implantar una supervisión humana continuada, definir marcos éticos transparentes e incorporar de manera activa a las personas con discapacidad en el diseño de las herramientas informativas para evitar que la tecnología perpetúe los sesgos del pasado.