Las nuevas tecnologías, como los móviles accesibles, la IA, las gafas inteligentes o los implantes cocleares de última generación, están impulsando una nueva era a la hora de facilitar un mundo más accesible para personas con discapacidad. Daniel Álvarez, que perdió la visión a los 15 años, y Paula González, con sordera bilateral profunda desde los seis meses, son dos ejemplos de personas con discapacidad que usan dispositivos punteros para ayudarse en el día a día. Seguir leyendo....
Las nuevas tecnologías, como los móviles accesibles, la IA, las gafas inteligentes o los implantes cocleares de última generación, están impulsando una nueva era a la hora de facilitar un mundo más accesible para personas con discapacidad. Daniel Álvarez, que perdió la visión a los 15 años, y Paula González, con sordera bilateral profunda desde los seis meses, son dos ejemplos de personas con discapacidad que usan dispositivos punteros para ayudarse en el día a día.
Daniel Álvarez: "Con la IA creo aplicaciones personalizadas"
Daniel Álvarez Barros, que perdió por completo la visión a los 15 años, con sus gafas inteligentes. / El Periódico
Daniel tiene 30 años y perdió por completo la visión a los 15 años, cuando vivía en Venezuela, debido a un pelotazo que le provocó un desprendimiento de retina irreversible. Desde entonces, usa herramientas y tecnologías para desenvolverse en su día a día. Algunas antiguas, como los característicos bastones, y otras más novedosas, como un ordenador o un móvil con aplicaciones adaptadas para personas con discapacidad visual. Todo ello le ayuda a desenvolverse de forma autónoma: estudia Derecho en la UOC y trabaja en la ONCE.
Además, en el último año, ha incorporado dos tecnologías punteras que incrementan su autonomía: unas gafas inteligentes y la IA, aunque Daniel aclara que “son siempre un complemento y no un sustituto” del resto de herramientas disponibles. Es decir, al caminar por la calle, él prioriza las técnicas de orientación que ya conoce o lo que le indica su bastón, pero con las gafas, que incorporan cámaras y altavoces, puede obtener más datos que le ayudan a desenvolverse. Por ejemplo, al enfocar una tienda, puede saber si se trata de "una peluquería o de un supermercado". "Aunque no siempre es cien por cien fiable", apunta. O al enfocar hacia cualquier recuadro con texto, tiene acceso a lo que indica.
Como las gafas tienen cámaras y no sensores, no te dan una precisión completamente detallada del entorno, pero te ayudan
Las gafas se pueden complementar con varias aplicaciones. Daniel ha usado 'ScribeMe', que describe en tiempo real lo que captan las cámaras integradas en las gafas. “Es interesante. No te da, todavía, una precisión completamente detallada del entorno, porque las gafas tienen cámaras y no sensores, pero te ayuda”. Y también existe una aplicación en la que un voluntario te narra lo que captan las cámaras y te puede guiar. Daniel no ha usado esa 'app' pero, en ocasiones, sí llama a familiares para que le sirvan de guía a través de lo que captan las cámaras de las gafas.
También usa el dispositivo en interiores para identificar colores, conocer el diseño de la ropa o recibir descripciones de los objetos. “Por ejemplo, me ayudan a conocer el sabor del yogur o si una bebida es light o no”. Pero, a su juicio, aún tienen margen de mejora. Por ejemplo, que incorporen orientaciones espaciales más precisas o que puedan describir dónde se encuentra una persona –por ejemplo, alguien con quien se ha quedado– porque, por privacidad, no describen ni detectan humanos.
Daniel también se apoya mucho en la IA, sobre todo para transformar información en formatos accesibles, tanto en su trabajo como en sus estudios. “Por ejemplo, si el profesor manda un ejercicio a partir de unos gráficos y todavía no han hecho las adaptaciones necesarias para que yo pueda comprenderlos, le pido a la IA que los transforme en un texto que yo pueda leer con mi lector de pantalla”, explica. También usa la IA para crear aplicaciones accesibles para su discapacidad. “Las creo como un traje a medida”, indica.
Paula González: "El implante coclear ha cambiado mi vida, no sabría vivir sin él"
Paula González Rullas, que tiene sordera bilateral profunda desde los seis meses, con su implante coclear / El Periódico
Paula González Rullas también tiene 30 años y sufre sordera bilateral profunda desde los seis meses, como consecuencia de una meningitis neumocócica. Pero, hoy día, hace “una vida igual a la de cualquier persona” gracias a que lleva un implante coclear, un dispositivo que se coloca mediante cirugía y envía señales eléctricas al nervio auditivo a través de unos electrodos que se implantan la cóclea para poder así interpretar el sonido.
“Aunque la cirugía y la recuperación posterior fueron complicada, ha cambiado mi vida completamente, ahora no sabría vivir sin él”, explica. Paula trabaja en la Fundación Cermi Mujeres y lleva un implante coclear desde los 3 años. Sin la parte externa de este dispositivo, que capta el sonido ambiental y lo convierte en señales digitales, no oye absolutamente nada, pero cuando se lo coloca, en su caso y después de muchas sesiones de logopedia y rehabilitación, la audición se asemeja a la de cualquier persona. Sobre todo desde que utiliza un aparato de última generación que tiene aún más ventajas que los primeros modelos.
En un inicio, usó un implante que tenía una especie de petaca del tamaño de un móvil antiguo. "Lo debía llevar o bien a la espalda o en un costado –explica–. En verano no me permitía usarlo, a menos que llevara una camiseta para guardarlo”. Después, comenzó a usar un procesador que se coloca directamente en la oreja. Y ahora tiene un modelo mucho más “cómodo, accesible y duradero”.
El último modelo es más cómodo, accesible y duradero: se conecta por Bluetooth al móvil, por lo que me aísla del ruido y puedo centrarme más en las llamadas

Paula González Rullas, en su puesto de trabajo, con el implante coclear. / El Periódico
Para empezar, el sonido se percibe con mayor nitidez, ya que el aparato está personalizado para cada usuario. Además, usa baterías recargables que duran tres días (los modelos anteriores funcionaban con pilas, con menor autonomía). También dispone de conexión por Bluetooth con el móvil, de modo que, cuando recibe una llamada, el implante se conecta automáticamente. Antes necesitaba enlazar el implante con el móvil mediante un cable o acercarse el teléfono al oído. Pero ahora el sonido le entra más directo: “Te aísla del ruido y puedes centrarte más en la llamada y lo mismo sucede cuando escucho música”.
El principal inconveniente, continúa Paula, es el alto coste del aparato. “Ahora mismo no conozco su precio, pero el mío me costó 12.000 euros, de los cuales la Seguridad Social solo financia una parte. Tuve que comprarlo en el extranjero porque aquí no podía pagarlo”, denuncia. Además, tiene que sufragar de su bolsillo el mantenimiento y las piezas, que cuestan entre 100 y 500 euros.
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