Cuando Andréi Kurkov viajó por primera vez a Barcelona en 2018, una de sus mayores preocupaciones, por no decir la única, era descubrir qué diablos pintaba él, uno de los novelistas más reconocidos de Ucrania, encajado en una mesa redonda que alguien había decidido bautizar con el nombre de 'Música de subversión. Jazz, magos y excéntricos'. Kurkov, flanqueado por el inglés Ray Celestin y el ghanés Nii Ayikwei Parkes, venía a presentar la encantadora y descacharrante 'Muerte con pingüino', novela que compensaba la ausencia total de música y magia con una proverbial barra libre de personajes extravagantes, situaciones estrambóticas y humor negro, negrísimo, sabiamente depurado en las competiciones de bromas políticas que lideraba junto a su hermano en una tambaleante y casi extinta Unión Soviética.
Cuando Andréi Kurkov viajó por primera vez a Barcelona en 2018, una de sus mayores preocupaciones, por no decir la única, era descubrir qué diablos pintaba él, uno de los novelistas más reconocidos de Ucrania, encajado en una mesa redonda que alguien había decidido bautizar con el nombre de 'Música de subversión. Jazz, magos y excéntricos'. Kurkov, flanqueado por el inglés Ray Celestin y el ghanés Nii Ayikwei Parkes, venía a presentar la encantadora y descacharrante 'Muerte con pingüino', novela que compensaba la ausencia total de música y magia con una proverbial barra libre de personajes extravagantes, situaciones estrambóticas y humor negro, negrísimo, sabiamente depurado en las competiciones de bromas políticas que lideraba junto a su hermano en una tambaleante y casi extinta Unión Soviética.
El libro, publicado originalmente en 1996, surfeaba el colapso postsoviético a través de la figura de Viktor, un mísero escritor de necrológicas inquietantemente proféticas que acaba de adoptar un pingüino aprovechando que el zoo de Kiev se está deshaciendo de sus animales. "Los pingüinos son animales muy soviéticos. No saben vivir fuera del grupo. Están programados por la naturaleza como la gente fue programada por el Partido Comunista", reconocía Kurkov durante la presentación de una obra que fue para muchos la primera toma de contacto con el gran humorista de la órbita exsoviética.
El enemigo querría convertirnos en cuerpos silenciosos y aterrorizados, en seres humanos que solo piensan en sobrevivir. La creación artística nos permite conservar nuestra libertad, nuestras emociones y toda la complejidad de nuestra experiencia humana"Tetyana Ogárkova
La ironía es que, poco después, el también autor de 'El jardinero de Ochákov' y 'Abejas grises' reapareció convertido en el tipo más divertido en el lugar menos cómico del planeta. Seguía en Kiev, sí, pero la ciudad ya no tenía gracia alguna. Al contrario. Él fue, muy a su pesar, el autor de uno de los primeros libros sobre la invasión rusa a gran escala de Ucrania. Empezó a escribirlo bajo el zumbido de los primeros cohetes rusos en febrero de 2022 y lo publicó en forma de 'Diario de una invasión' a finales de ese mismo año. "Yo sigo aquí y continuaré escribiendo para ustedes, con el fin de que sepan cómo vive Ucrania durante la guerra con la Rusia de Putin", anotaba el 24 de febrero.
Heridas abiertasKurkov, en efecto, ha seguido escribiendo, lo mismo artículos en 'The New York Times' que una saga de intriga histórica en tiempos de la invasión bolchevique, pero no ha sido el único. A su lado, autores como Serhiy Zhadán, Yulia Iliukha, Vakhtang Kebuladze y Halyna Schyjan, entre muchos otros, llevan años intentando convertir en palabras el sonido de los drones, las infraestructuras arrasadas y los civiles cruelmente asesinados. "Escribir, dar testimonio y pensar son también nuestras responsabilidades. Si tenemos la capacidad de hacerlo, debemos hacerlo", defiende Tetyana Ogárkova, doctora en Literatura por la Universidad Paris XII-Val-de-Marne, profesora de la Academia Kyiv-Mohyla y autora, junto al filósofo y escritor Volodímir Yermólenko, de 'La vida en el límite. Ser ucraniano hoy' (Libros del Asteroide).
"En épocas de acontecimientos traumáticos, la cultura se convierte de pronto en una parte esencial de la vida humana. No es simplemente algo con lo que ocupamos nuestro tiempo libre. Es algo que puede salvar vidas, que da sentido a la existencia y conecta a las personas", añade la novelista Sofía Andrujóvich, de quien Salamandra acaba de publicar la épica y monumental 'La historia de Romana y Uliana', revisión nada complaciente del Holocausto, la represión estalinista y la guerra en el Donbás.

Un rescatista en Kiev, Ucrania. / Dnipropetrovsk Regional State Administration handout HANDOUT / EFE
Los dos libros, cada uno a su manera, hablan de traumas, memorias y presentes abiertos en canal por las tensiones del pasado, y eso es precisamente lo que ha traído a sus autores a reflexionar sobre el sentido de la escritura en medio de la guerra y la devastación en la Bienal de Pensament. ¿Una pista? "El enemigo querría convertirnos en cuerpos silenciosos y aterrorizados, en seres humanos que solo piensan en sobrevivir. La creación artística nos permite conservar nuestra libertad, nuestras emociones y toda la complejidad de nuestra experiencia humana", sostiene Yermólenko.
Desde que empezó la guerra hace más de cuatro años, Ogárkova y Yermólenko han realizado más de 50 viajes por territorios liberados o próximos al frente para suministrar vehículos a los militares, libros a los civiles y, sobre todo, documentar los crímenes cometidos por los rusos en Ucrania. "Los vecinos de Járkiv escriben poemas en las paredes de su ciudad. Los vecinos de Posad-Pokrovske organizan colectas para una biblioteca que ya no existe. Los vecinos de la ocupada Pologi les recitan sus poemas a quienes hoy se encuentran al otro lado del frente", escriben ahora en el documento escrito de aquellas expediciones.
Cuando estás en Kiev desarrollas una forma muy extraña, nada normal, de acostumbrarte al peligro. El cerebro empieza a protegerte y amortigua tus sentidos. Pero cuando estoy en el extranjero e intento describir los ataques cotidianos, los drones y las explosiones, todo se vuelve mucho más real"Sofía Andrujóvich
Híbrido de ensayo, crónica y reflexión filosófica, el libro de Ogárkova y Yermólenko es un viaje literal a través de Ucrania —"nunca habíamos tenido un conocimiento tan profundo de nuestro propio país", aseguran— y un apasionado diálogo con su propia historia. "Leíamos sobre la historia ucraniana del siglo XIX, sobre las prohibiciones de nuestra lengua y nuestra cultura, y también sobre el Renacimiento fusilado, aquella generación de escritores y artistas reprimidos por el estalinismo. Queríamos mostrar que lo que sucede hoy es, en cierta medida, una repetición de acontecimientos", explica Yermólenko.
Entre las ruinas del pasado, también las del presente, la cultura como armadura e insospechado arsenal bélico. "Para los rusos, los ucranianos son rusos a los que hay que corregir, reeducar y convertir en rusos. Y, si eso no es posible, destruirlos. Por eso la cultura es, en no menor medida que las armas, una herramienta de resistencia", asegura Ogárkova. "Rusia no reconoce nuestra existencia como país, ni nuestra lengua, ni nuestra cultura. Lo que los ucranianos intentamos hacer es algo tan elemental como afirmar que existimos y que tenemos derecho a existir", insiste.

Volodímir Yermólenko y Tetyana Ogárkova, fotografiados en el CCCB / ACN
Amnesia históricaEn un hospital de Kiev, con un soldado amnésico y desfigurado durante la invasión rusa de Crimea, arranca 'La historia de Romana y Uliana', novela con la que Sofía Andrujóvich, hija del también novelista y poeta Yuri Andrujóvich, ahonda en los silencios familiares y los vacíos de la historia para reconstruir los sucesivos cataclismos que han marcado la historia de Ucrania. "Hay muchas capas de memoria. Una está relacionada con las víctimas del régimen soviético y del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Pero existe otra vinculada al sentimiento de culpa por lo ocurrido durante la guerra y el Holocausto. Es especialmente problemática porque está asociada a la incapacidad, o a la falta de voluntad, de hablar abiertamente sobre determinados acontecimientos", explica.
Andrujóvich, que escribió la novela entre 2017 y 2020, sigue viviendo y trabajando en Kiev, donde, asegura, le cuesta menos abstraerse del zumbido de los misiles y la destrucción a la vuelta de la esquina. ¿Extraño? A ella también se lo parece. "Cuando estás en Kiev desarrollas una forma muy extraña, nada normal, de acostumbrarte al peligro. El cerebro empieza a protegerte y amortigua tus sentidos. Pero cuando estoy en el extranjero e intento describir los ataques cotidianos, los drones y las explosiones, todo se vuelve mucho más real", ilustra. La vida, suspira, sigue su curso, y la cultura se abre paso con fuerza inusitada. "Todavía hay muchos conciertos y exposiciones, los dramaturgos producen constantemente cosas nuevas, y los escritores… Bueno, hay un gran problema con eso, porque las imprentas han sido destruidas, pero los lectores están comprando incluso más que antes", explica.

Una biblioteca en la ciudad de Kostyantynivka, en Ucrania, el pasado mes de diciembre / EFE
En el fondo, apuntan Ogárkova y Yermólenko, se trata de mantener cierta "ilusión de normalidad". "Nuestros hijos van al colegio, estudian música y asisten a clases de baile. Nuestra hija mayor ha ingresado en una academia de arte y quiere ser pintora. A veces las clases tienen que impartirse bajo tierra, en sótanos o refugios, o los niños tienen que bailar completamente a oscuras porque se ha cortado la electricidad. Pero queremos darles tanta alegría como sea posible", explican.
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En eso pensaban, aseguran, cuando eligieron 'Ser ucraniano' hoy como subtítulo de su "reportaje filosófico". "Vivimos en un mundo marcado por el desencanto, pero los ucranianos siguen creyendo. Han aprendido a valorar la vida cada día, a amar a pesar de la guerra y a vivir a pesar de la muerte", asegura Yermólenko.
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