Hay respuestas que nos alivian tanto que dejamos de examinarlas. Alguien nos ofrece justo lo que necesitamos: afecto, ayuda, disponibilidad. Y queremos creerle. A veces, tanto, que pasamos por alto señales que, en otras circunstancias, nos harían detenernos.Seguir leyendo....
Hay respuestas que nos alivian tanto que dejamos de examinarlas. Alguien nos ofrece justo lo que necesitamos: afecto, ayuda, disponibilidad. Y queremos creerle. A veces, tanto, que pasamos por alto señales que, en otras circunstancias, nos harían detenernos.
Pienso en una mujer cercana. Tiene ochenta años, es inteligente, culta y sigue activa profesionalmente. También siente soledad. Ambas cosas pueden convivir: una vida llena de capacidades y una necesidad profunda de compañía.
A través de un contacto exclusivamente digital, conoce a un supuesto hombre de unos cuarenta años. Empiezan hablando de cuestiones financieras. Poco a poco, la conversación se vuelve personal, hasta que él se declara enamorado. Llegan canciones, poemas, mensajes y atenciones constantes. Nunca una videollamada.
Ella desarrolla un sentimiento intenso. Cree estar viviendo algo extraordinario, casi mágico. Y entiendo que lo sienta así: alguien parece verla, elegirla, dedicarle tiempo. Ese «sí, te quiero» encuentra un lugar que llevaba tiempo vacío.
Pero detrás hay una pretensión de quitarle su dinero, amparada en el supuesto asesoramiento financiero que propició el encuentro. Es una estafa afectiva, una love scam. La necesidad de cariño se convierte en la puerta de entrada de alguien dispuesto a aprovecharse de ella.
Desde fuera, resulta fácil preguntarse cómo pudo creerlo. Más difícil, y quizá más útil, es preguntarnos qué promesas estamos dispuestos a creer nosotros cuando necesitamos mucho que sean verdad.
Vayamos a una escena aparentemente lejana.
Estamos atravesando un pico de trabajo. Un colaborador se ofrece a ocuparse de una tarea, y de otra, y de otra más. «Sí, tranquilo, yo me encargo». Nos sorprende que pueda asumir tanto. Conocemos su carga de trabajo y sospechamos que los plazos son demasiado ajustados. Pero necesitamos resolverlo y su respuesta nos permite seguir adelante.
Así que aceptamos. No preguntamos qué tendrá que posponer, cuánto tiempo necesita o qué apoyo le falta. Nos basta su «sí».
Hasta que no llega. Avisa tarde y nos encontramos con el agua al cuello.
Aquí puede haber buena intención: ganas de ayudar, compromiso, dificultad para decir que no o una valoración demasiado optimista de sus capacidades. La intención es muy distinta de la del estafador. Sin embargo, nuestra forma de aceptar la respuesta tiene algo en común: nos resulta tan conveniente que renunciamos a comprobar si es creíble.
En un caso, ese «sí» cubre una necesidad afectiva. En el otro, nos evita la incomodidad de reorganizar el trabajo, renegociar un plazo o buscar otra solución. Ambos ofrecen alivio inmediato. Y ese alivio puede salir caro.
Si realizamos una pausa, antes de escuchar sólo lo que deseamos, podemos preguntarnos ¿Qué señales estoy pasando por alto? ¿Estoy creyendo porque tengo razones o porque necesito que sea cierto?
¿Estoy creyendo porque tengo razones o porque necesito que sea cierto?
Hacernos estas preguntas exige aceptar una posible decepción. Conviene hacer sitio a respuestas menos cómodas y más fiables. Un «no llego», un «necesito tiempo» o un «vamos a comprobarlo» pueden cuidarnos mucho más que un «sí» irresistible.
Cuidado con los «síes» que compramos solo porque nos convienen. A veces, lo que más deseamos escuchar es precisamente lo que más necesitamos contrastar.
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