Empezó a trabajar con apenas diez años, cuando todavía no existían los rodillos de pintura en los pueblos donde aprendió el oficio, y no disfrutó de sus primeras vacaciones hasta que se casó, a los 26. La historia de Pepe Luna es la de alguien que ha dedicado prácticamente toda su vida a la pintura, primero como aprendiz, después como profesional y, finalmente, como empresario fundador de la fábrica de pinturas Blatem.Seguir leyendo....
Empezó a trabajar con apenas diez años, cuando todavía no existían los rodillos de pintura en los pueblos donde aprendió el oficio, y no disfrutó de sus primeras vacaciones hasta que se casó, a los 26. La historia de Pepe Luna es la de alguien que ha dedicado prácticamente toda su vida a la pintura, primero como aprendiz, después como profesional y, finalmente, como empresario fundador de la fábrica de pinturas Blatem.
"Mis primeras vacaciones desde los 10 años fue cuando me casé", explica en el pódcast Sector Oficios, donde repasa sus cerca de 70 años de trayectoria y ha recordado las duras condiciones laborales de aquella época. Hasta entonces, trabajar los sábados y domingos era algo completamente habitual para él.
Un niño de 10 años aprendiendo un oficioLuna nació en una pequeña aldea de Córdoba, donde desarrolló desde muy pequeño una afición por el dibujo. Su padre, carpintero de profesión, decidió que aquel talento podía convertirse en un oficio. Por eso, cuando la familia se trasladó a Badajoz, habló con un pintor para que aceptara a su hijo como aprendiz. "Mi madre decía que no, que tenía que ir a la escuela, pero mi padre decía que al chiquillo le gusta el dibujo, pues que haga lo que le gusta", recuerda.
Su maestro le enseñó a preparar colores, imitar acabados de madera y mármol y trabajar con materiales que hoy resultan poco habituales. "Pintábamos con leche para los dibujos, pintábamos con cal, utilizábamos cola de conejo", relata. Los pigmentos llegaban en polvo y, en algunas ocasiones, tenían que recurrir incluso a plantas machacadas para conseguir determinados tonos. Además, como no disponían de rodillos, todo se hacía con brochas.
Con 14 años, Luna se trasladó a Valencia junto a su familia, después de que su padre fuera destinado a trabajar en la construcción del pantano de Tous. Allí encontró rápidamente empleo como pintor y vivió uno de los episodios que todavía recuerda con especial cariño.
Una tarde de sábado estaba terminando de pintar un techo cuando su jefe le comunicó que no tenía que regresar hasta el lunes. El joven, acostumbrado a trabajar también los fines de semana, no entendía qué iba a hacer con tanto tiempo libre.
Pero la verdadera sorpresa llegó cuando recibió su sueldo: 275 pesetas, mientras que su padre cobraba 250. "Me las metí en mi pantalón corto y fui todo el camino hasta llegar a mi casa así, todo cogiéndome", recuerda. Al entrar por la puerta, anunció orgulloso a su madre: "He cobrado más que el papá".
"Llévese al oficial y déjeme al niño"Con apenas 14 años, Luna recuerda que acudió junto a un pintor oficial a trabajar en la vivienda de los propietarios de una fábrica de leche de Valencia. "Llévese al oficial y déjeme al niño, tarde lo que tarde", le comunicó la dueña tras verle en acción durante una semana al responsable de la empresa.
El resultado fue que Luna permaneció un mes pintando aquella vivienda completamente solo. "La dueña se dio cuenta de que yo sabía y hacía el trabajo mejor que el propio oficial", asegura.
La responsabilidad siguió aumentando y, con 15 años, llegó a ponerse al frente de un equipo de pintores en un colegio después de que surgieran problemas con algunos trabajadores.
Su crítica a la desaparición de los oficios"Se empezó a hacer las cosas baratas y se fueron perdiendo los oficios", lamenta sobre los cambios experimentados por la construcción durante las últimas décadas.
El empresario considera que esa transformación ayuda a explicar parte de los problemas actuales para encontrar trabajadores especializados. "Ahora nos quejamos de que no hay gente de oficio, pero se fueron perdiendo ya", sostiene.
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Pese a todo, Luna mantiene intacta su pasión por la pintura. Tanto es así que, después de alcanzar la edad de jubilación, decidió volver a darse de alta para continuar trabajando. "Hasta que pueda estar viniendo seguiré estando dado de alta", asegura, convencido de que todavía tiene mucho que aportar a un oficio al que ha dedicado toda su vida.