Valverde reconoce que a veces los tutores se obnubilan con una raza concreta, pero es “porque no hemos visto los perros que hay en las protectoras”
Tiene la risa más contagiosa de la televisión y sigue derrochando el desparpajo y la simpatía que la llevaron a ser uno de los rostros televisivos más populares de los años 90. Perteneciente a una familia de artistas, Loreto Valverde saltó a la fama como copresentadora del recordado VIP Noche, conducido por Emilio Aragón y Belén Rueda. A este programa le seguirían otros muchos, que compaginó con el cine, la música y el teatro.
La artista acaba de terminar la segunda temporada de Pensionistas, una comedia que recaló en el teatro Apolo de su Barcelona natal y que ha vuelto después de verano. “Estoy encantada de compartir escenario con Irma Soriano y Rosa Benito con una comedia que hace reír a la gente, algo esencial en estos tiempos que corren”, confiesa Valverde. La única pega de estar de gira, según la propia actriz, es estar separada de sus perros, Nela y Marius. La primera estuvo a su lado mientras afrontaba un cáncer de mama, convirtiéndose en una compañera inseparable. “Volvía del hospital y se quedaba pegada a mí”, recuerda Loreto, emocionada.
Por sus palabras deduzco el gran apego que siente por sus perros. Hábleme de ellos.
¡Los adoro! Marius es un chihuahua de siete años y Nela, una mezcla de chihuahua y pinscher de color canela, de doce. Es una prolongación de mi ser. A Nela, que es la abreviación de Canela por su color de piel, me la regalaron unos amigos, porque era una ilusión que tenía mi hija pequeña, y somos inseparables. En los peores momentos de mi vida, Nela ha estado pegada a mí. Y Marius llegó cinco años después, también a través de una amiga, que nos regaló un cachorrito de chihuahua negro. Lo bautizamos así, por uno de los protagonistas del musical Los miserables, que me encanta. Siempre intento poner a mis perros nombres de actores de musicales.
Eso significa que ha tenido más perros.
Sí, desde siempre. Tuve una perrita a la que llamé Yola, por la revista de Celia Gámez. Era un yorkshire toy de 900 gramos, que iba conmigo en el bolso y me la llevaba a todas partes: al teatro, a restaurantes, de gira... De pequeña, en casa de mis padres, también tuvimos perritos y un gato, aunque yo soy más perruna.

Comentaba que los perros le han ayudado emocionalmente en las etapas más difíciles de su vida.
Yola fue muy importante para mí, porque la tuve a los 20 años y se convirtió en mi compañera de vida, pero Nela vivió todo mi proceso con el cáncer de mama. Es increíble la compañía que puede hacerte un animal, mirarte a los ojos y calmarte. Al volver a casa del hospital, Nela se pegó a mí y no se separó de mi lado. Iba a ducharme y se sentaba en la alfombrita, a los pies de la ducha. Y eso se ha ido prolongando en el tiempo.
¿Qué es lo que más echa de menos de Nela y Marius cuando está de gira?
Llevo fatal no estar con ellos. A mi familia y mis hijos también, pero ellos tienen sus vidas y actividades; en cambio, para nuestros perros, su vida somos nosotros. Cuando nos reencontramos es una locura. Mi día a día con mis perros es muy especial. Parece que me hablan.
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¿Lo hacen?
Yo sí. Tengo claro que los perros son animales, pero para mí son como dos hijos más. Les hablo y, en el caso de Nela, muchas veces canta. Hace unos aullidos muy peculiares, similares a un canto.
A Yola la llevaba a todas partes. ¿Hace lo mismo con Nela y Marius?
Menos, porque, como buenos chihuahuas, son muy ladradores. A Nela la traje a Barcelona cuando interpretaba Sonrisas y lágrimas en el teatro Tívoli, y aquí empezó a caminar por primera vez por la calle... Era una cachorrita y sus primeros meses de vida los pasó en el camerino del teatro, al que acudían todos los niños de la función, que estaban encantados con ella.

Tus dos perros han sido un regalo.
Sí. Lógicamente, nunca he comprado un perro. La adopción me parece fundamental, porque hay muchísimos perros buscando un hogar y hay mil esperando en un albergue. A veces, nos obnubilamos con una raza concreta, porque no hemos visto los perros que hay en las protectoras, muchos de los cuales son mezclas de razas y son muy bonitos, con unas caritas preciosas. ¡Me los llevaría todos!
Suponen una gran responsabilidad.
Totalmente. En fechas como las Navidades, mucha gente se encapricha con un perrito o un gatito, pero luego llegan las vacaciones y... ¿qué hacemos con él? En algunos casos ya no interesa y la gente se deshace de ellos. Hay que mentalizarse de que un animal es un miembro de la familia y que hay que tratarlo como tal. En mi caso, tuvimos que operar a Nela de cataratas, ya que le afectó a ambos ojos, y se quedó ciega. Lo pasaba fatal al ver que se iba chocando con todo, que tenía que ir dándole indicaciones, que ya no se subía al sofá... Me quité de muchas cosas e hice un esfuerzo económico grande. Lo valoramos en familia y consideramos que era mejor gastar en ella que en cualquier otra cosa. La operamos de cataratas, y ha recuperado la visión, va por la calle contenta y eso nos ha dado la vida. Los años que le queden, que sean de calidad.
Confiese alguna manía de sus perros que le haga gracia.
Nela es peculiar y graciosa. Tiene mucho apego a nosotros y, si hemos salido de casa, cuando ve una zapatilla o cualquier cosa nuestra, lo coge, lo sube al sofá y lo apresa. Se queda agazapada, para que no se lo quite nadie, y, cuando llegamos, gruñe. Lo hace por sentirnos cerca. Marius es más observador y mimoso como un bebé. Ronronea y, cuando se acurruca, hace ruidos de estar a gusto.
Ha dicho que los trata como a miembros de la familia, aunque son animales. ¿Qué opina de quienes los humanizan?
Yo no les visto ni les coloco atuendos, porque creo que no les aporta nada bueno ni les hace felices. No quiero molestarles con esas cosas. Como mucho, les pongo un chubasquero acolchado cuando llueve o hace frío, nada más. En mi casa, no hay restricciones para ellos.
¿Ni normas?
Pocas, ya que, por ejemplo, en el salón se suben al sofá. Eso sí, a la habitación solamente entran cuando yo voy a ir, por la noche, y duermen a los pies de mi cama.