Adaptar la casa, utilizar señales que pueda percibir y respetar su ritmo de exploración le ayudará a orientarse y ganar autonomía sin renunciar al juego ni a las alturas.
Adoptar a un gato ciego despierta preguntas que quizá nunca nos habíamos planteado. ¿Cómo encontrará el arenero? ¿Podrá subir al sofá sin hacerse daño? ¿Y si cambiamos un mueble de sitio? Cuando el gato es sordo, las preocupaciones son otras: cómo llamarlo o acercarnos sin asustarlo. Queremos ayudar, pero a veces ese afán por protegerlos nos lleva a hacer por ellos cosas que podrían aprender a resolver solos.
Algunos nacen sin ver u oír; otros pierden uno de estos sentidos a causa de una enfermedad, una lesión o con la edad. Un gato sordo desde su nacimiento ha aprendido a interpretar su entorno sin sonidos. Para uno que deja de oír tras muchos años, en cambio, desaparecen señales que antes formaban parte de su vida cotidiana. Y aunque un gato haya nacido ciego, llegar a una casa desconocida supone empezar de cero en muchos aspectos. Conocer su historia nos ayudará, pero también habrá que observar cómo responde ese individuo concreto.
Además, ni la ceguera ni la sordera son siempre absolutas. Algunos gatos conservan parte de la visión o la audición, mientras que otros solamente pueden ver por un ojo u oír por un oído. Las adaptaciones dependerán de lo que realmente pueda percibir cada animal. Un gato con visión parcial, por ejemplo, quizá se oriente bastante bien durante el día, pero necesite más ayuda cuando disminuye la luz.
Un gato sordo puede aprender a acercarse cuando se lo pedimos, solo que no utilizaremos la voz. Podemos enseñarle un gesto sencillo: empezaremos cerca de él cuando esté mirándonos, haremos la señal y premiaremos su aproximación. Con sesiones cortas y agradables, irá asociando el movimiento de nuestra mano con lo que esperamos. Podemos enseñarle otros gestos para anunciar la comida o invitarlo a entrar en el transportín. Conviene utilizar siempre las mismas señales y no exigirle una respuesta cuando no puede vernos. Si convivimos varias personas con él, todos deberíamos usar los mismos gestos para no confundirlo.

Que no oiga no significa que preste menos atención. Hay incluso investigaciones que han encontrado adaptaciones cerebrales en gatos con sordera congénita. Un estudio publicado en 2010 en Nature Neuroscience observó, en un pequeño grupo de gatos, una mayor capacidad para localizar determinados estímulos visuales periféricos y detectar movimientos. Algunas regiones normalmente relacionadas con la audición participaban en esas funciones. Es un hallazgo interesante, aunque no permite afirmar que todos los gatos sordos vean mejor.
También podemos recurrir a las vibraciones cuando está de espaldas. Una pisada perceptible puede hacer que se gire y, entonces sí, podremos mostrarle el gesto aprendido. Habrá gatos que respondan y otros que no; lo importante es evitar estímulos que los sobresalten. Pensemos, por ejemplo, en un gato sordo que duerme profundamente. Si llegamos y lo acariciamos de golpe, quizá salga corriendo o intente defenderse. No está rechazando nuestra compañía, simplemente no sabía que estábamos allí. Podemos avisarlo mediante una vibración cerca de donde descansa y esperar a que se despierte antes de tocarlo.
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En casa le vendrá bien contar con lugares elevados desde los que observar los movimientos de las personas y de los demás animales, además de escondites donde retirarse si quiere tranquilidad. Y seguirá necesitando jugar, rascar y explorar, como cualquier gato. El acceso libre a la calle, en cambio, entraña riesgos añadidos: no puede oír un vehículo que se acerca ni las advertencias de otros animales. Un patio o una terraza protegidos le permitirán disfrutar del exterior con mayor seguridad.
Para un gato ciego, conocer la distribución de su territorio tiene especial importancia. El oído, el olfato, el tacto y las vibrisas le proporcionan información; la memoria le ayuda a recordar dónde están los objetos y qué recorrido debe seguir para llegar a ellos. Por eso algunos se desplazan por su casa con una soltura sorprendente. Pero no podemos esperar que hagan lo mismo nada más llegar a un hogar nuevo.
Cuando se mueva con confianza, podremos abrirle otras zonas poco a poco; cuando se detiene ante un mueble, retrocede o necesita olfatear el suelo, dejémosle tiempoPodemos comenzar preparándole una habitación tranquila. Necesitará escondites, un lugar cómodo donde descansar, un arenero accesible y puntos separados para el agua y la comida. Conviene que pueda localizarlo todo sin obstáculos y que no tenga que explorar media casa el primer día. Cuando se mueva con confianza por ese espacio, podremos abrirle otras zonas poco a poco. Si se detiene ante un mueble, retrocede o necesita olfatear el suelo, le daremos tiempo. La exploración no tiene que seguir nuestro ritmo, sino el suyo.
Nuestra voz puede servirle de referencia. Hablarle antes de acercarnos le permite saber dónde estamos y evita sustos innecesarios. También puede aprender a reconocer palabras asociadas con actividades concretas. Y aunque nos salga instintivamente cogerlo en brazos para llevarlo al comedero o al arenero, es necesario dejar que realice esos trayectos por sí mismo siempre que sea seguro. Trasladarlo continuamente puede desorientarlo y le resta oportunidades para aprender y sentirse seguro.
Una vez conoce la casa, procuraremos mantener estables los lugares donde están sus recursos. No hace falta renunciar a cambiar un mueble, pero sí evitar que aparezcan obstáculos inesperados en los recorridos habituales. Una alfombra con una textura diferente puede ayudarlo a reconocer determinadas zonas de la casa. Los olores familiares también son importantes para orientarse, especialmente los que el propio gato deja al frotarse contra los muebles. Por eso conviene respetar estas señales olfativas y evitar el uso de perfumes intensos o productos de limpieza muy aromáticos que puedan alterar sus referencias habituales.
Hay que revisar, además, escaleras, ventanas, balcones y espacios elevados. Si todavía no conoce una escalera, puede necesitar una barrera temporal y una introducción supervisada. Eso no significa prohibirle las alturas para siempre: con plataformas estables, accesos amplios y pequeños escalones o rampas, muchos gatos ciegos pueden seguir subiendo a sus sitios favoritos. El acceso al exterior también debe ser seguro y controlado.

A veces pensamos que un gato ciego no podrá disfrutar de una caña o perseguir una pelota. Basta con cambiar la manera de jugar. Podemos mover un juguete que haga un ruido suave cerca del suelo, dejar que lo localice y darle la oportunidad de atraparlo. Otros preferirán objetos que crujan o tengan texturas interesantes. No hace falta acertar a la primera: observando sus respuestas descubriremos qué le gusta y qué le resulta demasiado difícil.
Los comederos interactivos también pueden funcionar. De hecho, una revisión publicada en Journal of Feline Medicine and Surgery recoge su utilización en gatos ciegos y con otras discapacidades. Empezaremos con uno muy sencillo, en el que el alimento sea fácil de encontrar, y aumentaremos la dificultad solo si el gato lo disfruta y consigue resolverlo. Mantener estas oportunidades de juego y búsqueda es tan importante como retirar peligros. La seguridad no debería convertir su día a día en una sucesión de horas sin nada que hacer.
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Si convive con otros gatos, conviene observar cómo se relacionan. Uno sordo puede no escuchar un gruñido de advertencia; uno ciego puede no advertir que otro está bloqueando el paso. Necesitan recursos suficientes, separados y accesibles, además de lugares donde apartarse sin quedar acorralados. Si acabamos de adoptar al gato, las presentaciones deberán ser graduales, sin forzar encuentros ni dar por hecho que terminarán llevándose bien.
Cuando el gato no ve ni oye, las referencias olfativas, las rutinas previsibles y algunas señales táctiles suaves pueden ayudarlo a anticipar lo que sucede. No conviene improvisar contactos repentinos: habrá que descubrir qué estímulos reconoce y cuáles le incomodan. También debemos darle la posibilidad de aceptar o rechazar las caricias. Que necesite ayuda para orientarse no significa que quiera contacto físico en cualquier momento.
Si deja de responder a sonidos habituales, tropieza con muebles conocidos o evita desplazarse, es necesario consultar al veterinarioPor último, no deberíamos atribuir a la edad cualquier cambio en sus sentidos. Si deja de responder a sonidos habituales, tropieza con muebles conocidos o evita desplazarse, es necesario consultar al veterinario. Algunas causas de pérdida auditiva pueden tratarse y la aparición repentina de ceguera requiere atención urgente.
Convivir con estos gatos supone aprender a mirar el hogar desde sus necesidades, no desde nuestros temores. Habrá ocasiones en las que tendremos que intervenir y otras en las que bastará con dejarlos investigar. A veces nos tocará retirar un obstáculo; otras, apartarnos y dejar que encuentren solos el camino hasta su rincón favorito. Saber distinguir una situación de la otra también forma parte de cuidarlos.
Lídia López es especialista en etología y bienestar felino.