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Argentina, 2026. En lo que concierne a nuestro intercambio de ideas, y muy en especial al de las ideas políticas, parece confirmarse el diagnóstico que hace años inauguró el espíritu de los tiempos de la grieta, ese “zeitgeist” que ha dejado de ser niebla pasajera para volverse clima. La cultura de la cancelación se ha nacionalizado. Y quizá convenga desconfiar de ese impersonal “se ha”, porque lo hemos hecho entre todos y lo seguimos haciendo, con la facilidad casi automática que ofrece el botón de bloqueo de algunas redes sociales. Es un gesto mínimo -apenas la leve presión de un dedo sobre el vidrio- en el que, sin embargo, una biografía cancela a otra biografía, y no solo el vínculo comunitario que las unía. Basta un toque. El otro, con su rostro, su historia y su palabra, se desvanece del horizonte como si nunca hubiera existido.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que “estar bloqueado” significaba quedarse sin ideas o no encontrar las palabras para decirlas. Era la página en blanco, el silencio fértil de quien todavía busca, mientras las ideas maduran en la oscuridad como semillas. Aquel bloqueo tenía algo de invierno, y como todo invierno anunciaba una primavera. Hoy la expresión nombra algo muy distinto, terriblemente distinto: tengamos ideas o no, acertemos o no al expresarlas, son cada vez menos quienes desean escucharlas. El silencio de ahora llega desde fuera y tiene la forma de una puerta cerrada. Detrás de ella, la conversación se apaga sin testigos.
Perderíamos de vista el fondo de cuanto ocurre si olvidáramos que bloque.ar es la práctica, la herramienta, el “procedimiento silencio” del que hablaba hace ya tantos años Paul Virilio, la consecuencia esperable de cancel.ar, que es la teoría, la premisa relacional de quienes, paradójicamente, no quieren mantener relación alguna entre sí. Virilio intuía que la velocidad de la técnica acabaría por acallar la palabra. Éric Sadin ha retratado con precisión al sujeto que encarna esa premisa, el “individuo tirano”, convencido de ser la medida de todas las cosas y encerrado en una esfera que las pantallas le confirman a cada instante. Ese individuo no necesita refutar a nadie, le basta con hacerlo desaparecer. No por casualidad el libro en que lo describe lleva por subtítulo “El fin de un mundo común”. Cada bloqueo levanta una pequeña frontera y cada frontera añade una isla a ese archipiélago de soledades.
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Byung-Chul Han ha llamado a este paisaje “el infierno de lo igual”, el de una sociedad que expulsa lo distinto porque lo distinto incomoda, interpela y obliga a pensar. Sin la resistencia del otro, advierte, el yo se ahoga en su propio reflejo, como un Narciso que hubiera cambiado el estanque por la pantalla. Quien bloquea no se libra del otro. Se libra de sí mismo, de aquella parte de sí que solo el otro podía despertar. Muchos desean, de manera extraña, erigirse en protagonistas de este desprecio por el diálogo, por dialog.ar, y olvidan la vieja intuición de Wittgenstein en el Tractatus: “los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo”. Si el lenguaje es una casa compartida, cada voz que nos negamos a oír estrecha el mundo que habitamos. Callar al otro equivale, a la larga, a condenarse a hablar solo.
Tal vez no lo sepamos, pero las palabras guardan secretos, y que los ignoremos habla muy bien de la eficacia discreta con que cumplen su tarea. Por algo será que las letras finales de cancel.ar y bloque.ar son las mismas que abren la palabra que mejor nombra lo que debiera importarnos a todos de verdad: ar.gentina. Quizá esas dos letras sean una advertencia escondida a plena vista. La patria comienza, o debería comenzar, justo allí donde terminan la cancelación y el bloqueo. Una comunidad se funda cada día en la conversación, incluso en la más difícil, y se deshace un poco cada vez que alguien decide que el otro ya no merece ser oído. Y si algo es cultura de los principios, no merece serlo del final.
*Profesor de Ética de la comunicación de la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral.
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