Está a punto de caer la noche en el acantilado y el requiebro que forma Gran Canaria en la Punta de Roque Negro, donde el océano ruge con el motor de unas olas formadas a miles de millas náuticas en el Atlántico Norte. Es el último tercio del siglo XIX y a esas horas del ocaso aún se atisba, rumbo al refugio de Sardina del Norte, en el litoral de Gáldar, un animado tráfico marítimo que hace bailar las velas de goletas, bergantines y balandros. Y, más cerca de tierra, los remos de falúas y lanchas de alijo.
Está a punto de caer la noche en el acantilado y el requiebro que forma Gran Canaria en la Punta de Roque Negro, donde el océano ruge con el motor de unas olas formadas a miles de millas náuticas en el Atlántico Norte. Es el último tercio del siglo XIX y a esas horas del ocaso aún se atisba, rumbo al refugio de Sardina del Norte, en el litoral de Gáldar, un animado tráfico marítimo que hace bailar las velas de goletas, bergantines y balandros. Y, más cerca de tierra, los remos de falúas y lanchas de alijo.
Hay prisa por llegar a puerto porque en apenas media hora el mundo entra en penumbra absoluta, si acaso con el lejano bombillo de la luna, y nada más.
Canarias, a esas alturas del siglo, solo conocería la luz eléctrica en Santa Cruz de La Palma, cuando en la Nochevieja de 1893 subieron los primeros plomos del Archipiélago a cuenta de su rutilante central hidroeléctrica de no menos mágico nombre: El Electrón.
Así que la navegación nocturna en esta ribera salpicada de traicioneras bajas volcánicas, corrientes amazónicas propias de los canales de entreislas y el incansable embate de la endiablada marea, es una mixtura de matemáticas, tiento, talento y cataplines.
La Comisión de Marinos InteligentesEra una época en la que el trasiego de mercancías por mar de allí a la capital grancanaria, con sus tongas de tomates, plátano, cochinilla y hasta azúcar, resultaba más barato, rápido y eficaz que el traqueteo de carretas, y aquel filo isleño era un palo en la rueda del Atlántico.
Para remediar el asunto en lo posible, el Ayuntamiento de Gáldar convoca lo que terminó denominándose como Comisión de Marinos Inteligentes, compuesta por Juan, Cristóbal y José, vecinos de la zona cuya pericia se reflejaba en el marchamo de la nomenclatura, y que señalaron, tras sus respectivas disquisiciones, el lugar donde ubicar la maravilla: el futuro faro de Sardina.
Era el turno del ingeniero segundo José Casado y Rojas, quien rubrica el proyecto el 20 de julio de 1888; unos planos que serían revisados y mejorados por el ingeniero jefe de la Junta de Obras del Puerto de la Luz, Eugenio Suárez Galván.
En la noche del domingo 15 de febrero de 1891 se le daba macho a la linterna, embutida en un sistema catadióptrico giratorio, y con ella se triangulaba el paso de los navíos desde La Isleta a la punta de La Aldea, y enfrente, con Güímar, en Tenerife.
El edificio era una coquetería decimonónica construido a conciencia con mampostería de ley, de piedra viva, y unas maderas duras como teniques para resistir el embate del marismo, y en el que se combinaba su función como faro con la de vivienda para el torrero y su familia. A su alrededor, la nada, que de hecho la toponimia sitúa en sus inmediaciones a lo que llaman Plaza Perdida.
El torrero loco de JandíaLas condiciones de vida de los fareros en la España del XIX eran rayanas a la pesadilla. Con un código propio, el Cuerpo de Torreros de Faros de España anteponía la integridad del chisme, del que dependía la integridad de las tripulaciones y sus navíos, por encima de la propia vida del torrero.
Los ingenieros de caminos asignados podían ejercer visitas sin previo aviso y fulminar a su responsable por una linterna sucia, o castigarlos por cualquier resquicio de hollín en los cristales, que tenían que ser limpiados con gamuza y alcohol purificado.
Además, para ausentarse aún de día tenían que pedir una autorización expresa, y quedarse dormido durante la noche suponía la expulsión directa. A ello se sumaban detalles como la defensa del faro, considerados como puntos estratégicos de la soberanía nacional, y por ello los dotaban con armas de fuego, con la obligación legal de enfrentarse a contrabandistas o saboteadores.
Todo esto formaba un cóctel explosivo, como ocurrió con el episodio del ‘torrero loco’ de la punta de Jandía, en Fuerteventura, que arremetió con su carabina en octubre de 1916 contra todo aquel que trató de ayudarlo tras un mes sin ingerir alimentos por un colapso mental.
El faro, pues, no solo constituía el salvavidas y la guía nocturna de los navegantes, sino que formaba parte del patrimonio cultural del pueblo que lo acogía, como la memoria de uno de los hijos de un farero, fallecido en una riscadera en el lugar. Era una fuente de leyendas y de episodios cotidianos, como recuerdan Fernando León, Francisco Mendoza y Luciano Tacoronte del suyo de Sardina.

Francisco Mendoza, Luciano Tacoronte y Fernando León, en Sardina de Gáldar. / La Provincia
Fernando lo describe como la perla del lugar y a él, en particular, le costó vivir como presidente de la asociación de vecinos el infame día de mitad de los años 80 en el que amanecieron con la coqueta estructura tirada por el suelo, tras una noche en la que los tractores arrasaron a traición el entonces ya casi centenario edificio. «Ahí se hizo lo más idiota que se podía hacer», sentencia.
El farero que no se amañabaLos tres hombres están en su encuentro mañanero, apostados en un banco junto a la rotonda con barca que preside la parte alta del barrio costero. Van recordando los nombres -sin apellido- de los fareros que conocieron desde pequeños. Allí surge un don Manuel, en los años 50, con dos hijas, «y que no se amañaba». Al que le sigue Nicanor y el último, don Agustín, «que era peninsular y que ya aburrido pidió un traslado al faro de La Isleta», enumera León, de buena memoria a sus 82 años.
El asunto es que el viejo faro iba a ser sustituido por una nueva torre de 24 metros como consecuencia de la automatización, en un plan que incluía la demolición del antiguo, a pesar de no ocupar el mismo solar. Los vecinos intentaron salvarlo mediante la incoación de un Bien de Interés Cultural, «pero ya desde tiempo antes hubo quien se dedicó a extraer su madera, de Riga, que incluía una preciosa escalera de caracol».
Tras la escabechina, el entonces equipo municipal puso el grito en el cielo, pero ahí sostienen que fueron lágrimas de cocodrilo. «A mí llegaron a inquirirme que quién iba a pagar el mantenimiento», y lo mismo ocurrió, exactamente lo mismo, con un histórico horno de cal completo con el que se llegaron a armar los muros de la presa de Los Pérez.

Recreación del antiguo faro, instalada a principios de este octubre. / La Provincia
El actual grupo municipal instaló a principios de mes una réplica a escala del viejo faro con la intención «de acercar su memoria histórica tanto a los galdenses como a quienes visitan esta zona de la costa», pero para Fernando su imagen -colocado justo enfrente de su echadero- no responde a una justicia poética, sino al recuerdo de una auténtica estulticia de los que tiraron aquella perla al mar.
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