En la Conferencia Mundial de Robótica de Pekín, celebrada el pasado agosto, las máquinas ya habían dejado de parecer solo máquinas. Movían paquetes, embolsaban productos, doblaban ropa o recogían basura, como algunos robots de los últimos decenios, pero la diferencia es que ya mostraban forma humana y aspiraciones de transformación del contexto social. Suman el concepto de trabajador humanoide y bien de consumo que es propiedad de alguien. Seguir leyendo....
En la Conferencia Mundial de Robótica de Pekín, celebrada el pasado agosto, las máquinas ya habían dejado de parecer solo máquinas. Movían paquetes, embolsaban productos, doblaban ropa o recogían basura, como algunos robots de los últimos decenios, pero la diferencia es que ya mostraban forma humana y aspiraciones de transformación del contexto social. Suman el concepto de trabajador humanoide y bien de consumo que es propiedad de alguien.
Los robots humanoides protagonizaron la feria. Un pequeño robot vestido con la camiseta de la selección argentina y el número 10 de Lionel Messi marcó un penalti por la escuadra, imagen tierna de un futuro absolutamente frío. Un poco más allá, otros robots del fabricante Unitree bailaban melodías tradicionales chinas.
Frente a esta fiesta tecnológica que aspiraba a cambiar el futuro, en España se preparan elecciones este noviembre vestidas de confrontación y lucha de clases en torno a la vivienda. No se trata de tufo comunistilla de principios del siglo XX, sino de conflicto impulsado por una izquierda democrática cargada de razones y capacidades que causan desasosiego en el conservadurismo liberal en auge en los últimos años. En un mundo que avanza rápido a la humanización de los robots, la distancia económica entre los propietarios de medios de producción y el resto de la población se acrecentarán cada vez más y ya actualmente los beneficios empresariales tienden a elevarse más que los salarios.
La próxima campaña electoral se perfila en el marco de una situación que la economista italiana Clara E. Mattei define como 'estado psicológico de las masas' por el que el conjunto social se activa al ritmo de la frustración y los sucesos inesperados. En España se escuchan las voces contra la vivienda entendida como medio de producción. Se reclaman en las calles relaciones más justas entre propietarios y el resto, entre empleadores y empleados. El resultado es una huelga general con Gobierno en funciones y Parlamento no operativo.
Que el problema del acceso a la vivienda se transforme en conflicto de clase parece lógico ante los umbrales de la situación alcanzada. Salarios y precios de la vivienda, de compra y alquiler, se han disociado. La herencia se ha convertido en un elemento más claro de diferenciación social. El envejecimiento de la población ha hecho que la posibilidad de heredar la vivienda de los padres se aleje en la trayectoria vital y no llegue antes de los 60 años en muchos casos. Ese es otro elemento más que desplaza a los jóvenes menos pudientes de la posibilidad de acceder a una vivienda asequible en el momento vital de crear una familia.
La cuestión es que la solución al problema de la vivienda en España no puede esperar a que por decreto se construyan guetos urgentes como solución habitacional de jóvenes sobradamente preparados. La preservación del medio ambiente impide recalificaciones de terrenos masiva sin algún tipo de rubor ético. La regulación bien medida y la redistribución mediante impuestos frente al lucro excesivo parece una solución parcial más efectiva. Sea tanto si el medio de producción es un robot humanoide o las rentas derivadas del alquiler de habitaciones, el poder regulador de lo público debe actuar. En otros países europeos hace tiempo que se entendió que la vivienda debía alejarse del objetivo de los rentistas, pero en España medidas en esa línea tienden a causar vértigo entre algunos.
Según Mattei, "el capitalismo no es inevitable, científico ni natural", por lo que reconoce que "puede ser sustituido". Pero la transición, si cabe, debe ser modulada y sin tensiones a la francesa. Se intuye que los recortes presupuestarios, las subidas de los tipos de interés o el recorte de impuestos pueden no ser una solución aceptable por las mayorías en este siglo de sociedades movedizas. Frente a la nueva ultraderecha de los poderosos, que bien personaliza el presidente de EEUU, Donald Trump, o Javier Milei, en Argentina, los movimientos ciudadanos de la vieja Europa pueden dar a luz nuevas presiones que germinen en formas distintas de hacer política y que reafirmen los derechos adquiridos en sanidad, educación y ayudas sociales. Pero solo las urnas deben garantizar cambios.
Las decisiones económicas no son apolíticas y toman partido en esa lucha entre ricos y pobres que siempre existió pero que nunca conviene evidenciar en exceso en pro de la estabilidad y el bienestar mayoritario. Quizá el futuro requiera reescribir conceptos y reivindicar la libertad económica desde nuevos parámetros. Desde el punto de vista defendido por Mattei, la libertad económica no debe confundirse con libertad de mercado, gran dogma de los iletrados: "La libertad económica consiste, en realidad, en la emancipación de la explotación y la dominación impersonal. Es la libertad respecto de la centralidad obsesiva y paralizante de un sistema económico inhumano. Es la libertad de anteponer el valor humano al interés económico individual", explica Mattei.
En una situación de libertad de mercado absoluta los nuevos robots humanoides serán el centro de las empresas y ocuparán puestos hasta ahora reservados a las personas. Sus propietarios tendrán la piedra filosofal de la riqueza. Por contra, en una situación de libertad económica humanista los medios de producción deberán compensar de alguna manera el efecto de ese robot en la sociedad. En el marco de la defensa de la propiedad privada, parece necesario repensar cómo poner límites a los trasvases de renta de propietarios y el resto. El caso del robot humanoide es similar al de los propietarios de viviendas. El reto es dantesco. Cambiar mentalidades y axiomas implantados sin menoscabar el derecho a la propiedad privada. La vía electoral es la salida que definirá el camino a seguir, en todo o en parte.
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