Leyenda del baloncesto, ganador de una histórica medalla olímpica y uno de los pocos jugadores blaugranas que han retirado su camiseta, Jimix publica el cómic ‘Mi loca historia del básquet’ 30 años después de colgar las zapatillas
Fue un pionero a muchos niveles. Como miembro fundamental de aquella selección española ganadora de una histórica medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, que provocó la explosión del baloncesto en España. También como jugador referencial que rompió moldes para convertirse en el primer pívot moderno de nuestro país, obsesionando a equipos rivales como el Real Madrid, que se hartaron de intentar fichajes que fueran un antídoto para ese tipo atlético que corría como un bajito. Por supuesto, también fue pionero cuando su caso acabó con el derecho de retención que tenían los clubes, abriendo un precedente en la defensa de la libertad de los baloncestistas para decidir su futuro profesional. Y aún más: en aquellos tiempos de una recién nacida profesionalización del deporte, fue uno de los primeros en darse cuenta de la importancia de la nutrición para evitar plagas de lesiones.
Andaluz de Carmona (Sevilla), y catalán de adopción desde que llegó a Badalona con 15 años para fichar por el desaparecido Cotonificio, Andrés Jiménez Fernández es una leyenda del baloncesto y del Barça: su camiseta con el número 4 fue la segunda que el club blaugrana retiró, tras la de otro mito como Juan Antonio San Epifanio ‘Epi’. Solamente cinco jugadores en toda la historia de la sección disfrutan del privilegio de tener esa camiseta colgada en lo alto del Palau, simbolizando una trayectoria sensacional. Ganador de siete Ligas y cuatro Copas del Rey para un total de 18 títulos con la elástica barcelonista, también disputó seis Final Four de la Euroliga, acaso la gran espinita clavada para toda una generación de culers que seguimos traumatizados con aquella Jugoplastika de Split que se cruzó repetidamente en el camino.
Apodado Jimix desde que así le bautizó el malogrado Fernando Martín por la pasión de nuestro hombre por los tebeos y por Astérix y Obélix (herencia de tener un abuelo kioskero), Andrés se retiró del deporte de élite hace ahora 30 años, tras doce temporadas siendo importantísimo en el Barça y tras dos décadas lanzando a canasta. Lo dejó siendo capitán y referente, cuando él quiso (“hay que saber marcharse”, apunta). Ya lejos de las pistas, le tocó reinventarse y se dedicó a la nutrición deportiva, montó una empresa dedicada al sector inmobiliario y fue alimentando su pasión por el dibujo. Aun siendo un hobby, ha publicado tiras cómicas y caricaturas en diversos medios de comunicación, y hace unos meses se estrenaba como autor con el volumen Mi loca historia del básquet. El niño que nunca dejó de soñar (Valnera Gráfica), en el que imagina una divertida historia de la humanidad marcada por el deporte que practicó, pero en el que también recupera un diario ilustrado sobre su experiencia en los Juegos de 1984.
Los deportistas de élite viven una circunstancia absolutamente inusual para el resto de mortales: se jubilan dos veces. Y la primera a una edad en la que, en el resto de profesiones, apenas se empieza a coger carrerilla.
Sí, el reajuste mental es muy, muy complicado, porque te cambia mucho la vida siendo muy joven, en mi caso con 36 años. En cualquier otra profesión, con esa edad estás a tope, casi empezando. Pero el deportista ya está fuera, y tiene que construirse otra vida desde cero, muchas veces sin tener un currículum académico, porque no es fácil compatibilizar el deporte de élite con los estudios. Hay que aprender a buscarse la vida. Yo tuve suerte, en parte porque, para bien o para mal, soy bastante previsor. Me gusta tener las cosas controladas, no me muevo bien en la improvisación. Entonces, yo ya fui viendo que la cosa se terminaba y que debía tener un plan. Hay muchos jugadores que quieren seguir ligados al deporte, por gusto o por necesidad, porque algunos no conciben otra cosa. No fue mi caso, la verdad: yo me mentalicé de que era el final de una etapa y que viviría mi relación con el baloncesto de otra forma, como la vivo ahora, como aficionado.
Usted colgó las zapatillas por decisión propia.
Yo ya no podía continuar en el Barça, pero sí podría haber seguido jugando un par de años en otro equipo. Pero, tras tantos años, preferí retirarme en mi equipo, que también es algo bonito. El problema es que las circunstancias, o una lesión, te obliguen a dejarlo. Lo he visto en compañeros y, si crees que podrías seguir jugando, se hace mucho más duro, porque mentalmente todavía no estás preparado, te ha pillado de golpe y el cambio es durísimo. En mi caso, me sentía afortunado, había aprovechado mi etapa como jugador y era hora de desconectar. Al jugar a ese nivel, tu vida es el baloncesto y no hay tiempo para nada más. Y yo ya no quería seguir exponiéndome, ni a mi mujer ni a mi familia, en un mundo que exige una gran dedicación y que trae mucha presión. Es curioso porque en generaciones posteriores a la mía hay muchos más exjugadores que continúan como managers o entrenadores, pero nosotros acabábamos y, la verdad, estábamos bastante hartos del tema. Terminabas un poco quemado…
En su caso, apostó por la nutrición.
Yo tuve una gravísima lesión de rodilla que me tuvo más de un año fuera de las pistas, y hubo un momento en el que no acababa de recuperarme del todo. Después, empiezas a ser veterano y, si te lesionas, te cuelgan enseguida la etiqueta. Entonces comienzo a informarme y a conocer gente que me habla de la importancia de la nutrición en la recuperación o en la prevención de lesiones. Y empecé a seguir algunas medidas, digamos, higiénicas, que me fueron muy bien. Por ejemplo, en aquella época, los jugadores teníamos un menú clásico: espaguetis y carne. Y yo... pues igual pedía pescado, o fruta en lugar de los postres que nos daban. Y te ven como el rarito (risas). Pero todo el mundo se dio cuenta de que ya no me lesionaba: en mis últimas cuatro temporadas, excepto por algún resfriado, no tuve ninguna baja.
Andrés Jiménez
Fue pionero en muchas cosas, también en esta...
Por necesidad, pero supongo que sí. Hasta entonces, con según qué dolencias, te infitraban con Voltaren o te daban un antiinflamatorio. Pero yo veía que con aquello no tiraba y que tenía que hacer algo más. Entonces, el entrenador y el médico del equipo empezaron a recomendar a otros compañeros que hablaran conmigo, no porque estuvieran demasiado convencidos, pero si a mí me funcionaba, quizás a ellos también... Y terminando mi carrera como jugador, empecé unos cursos certificados sobre nutrición deportiva, porque me di cuenta de lo mucho que me interesaba. Al retirarme, estuve un tiempo colaborando con el doctor Ramón Cugat, hasta que llegó el covid.
Han pasado 30 años desde su retirada, pero tengo la sensación de que le siguen parando por la calle…
Sí, la verdad es que la gente se acuerda. A nivel de selección, los de la medalla de plata en Los Ángeles nos reunimos al menos una vez al año, y nos damos cuenta de lo grabada que la tiene la afición, y es muy bonito, la verdad. Aquella final tuvo un gran impacto. Después llegó la siguiente generación, la de los Juniors de Oro, y nos superaron con creces. Pero sí es verdad que, en aquel momento y con la medalla, nuestro baloncesto cambió. Dejó de tener poco atractivo para la gente y explotó.
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Y a nivel de clubes...
Pasó a haber mucho seguimiento, mucho más del que hay hoy. Había una enorme identificación con los jugadores. En la Penya, en el Madrid o en el Barça. La gente conectaba. Tú ahora ves a esos equipos y, claro, hay cambios de plantilla todos los años. En el Barça, por ejemplo, once jugadores nuevos. Son los míos y estoy con ellos, pero a veces ves que no saben dónde están. Antes, cuando jugabas, notabas una gran responsabilidad y yo no sé si ahora lo sienten tan así. Por ejemplo, llegar a las famosas Final Four de la liga europea y no ganar ninguna… Joder, era un mazazo. Y no solo a nivel egoísta, porque eres un jugador profesional y quieres ganar. Iba más allá: de hecho, en mis últimos años, cuando Epi ya se había retirado y yo era el capitán, mi motivación básica era ganar la Euroliga. Eso era lo que me mantenía. Por mi propia ambición, pero también porque había una generación que merecía ese título. Una generación de jugadores y de aficionados.
Estuvo muy cerca, y los aficionados lo sufrimos.
Sí, pudimos haber ganado alguna, igual que gané siete ligas. Pero cayeron del lado de la Jugoplastika de Split. Y en la última que jugué, se la llevó el Panathinaikos con aquel tapón ilegal de Vranković. Pero me siento muy orgulloso de haber llegado hasta allí. Otros no jugaron esas finales. Al final, aquel Barça era un club de referencia.

Años después se sacaron la espinita... ¿Cómo lo vivió?
Me alegré muchísimo. Primero, con la del Palau Sant Jordi, con un equipazo y un entrenador perfecto, Svetislav Pešić. ¡Ya tocaba! Nosotros lo habíamos luchado mucho y no tuvimos suerte. Y después, en la final de París en 2010, con Xavi Pascual y un equipo espectacular: Pete Mickeal, Lorbek, Navarro…
La suya es una de las cinco camisetas de jugadores de baloncesto que están retiradas y colgadas en el Palau. Su número 4 fue la segunda. ¿Se siente una leyenda del equipo?
La verdad es que siempre he sido, y sigo siendo, un tío bastante tímido. Intento pasar desapercibido; no me acaba de gustar ser el centro de atención. Entonces me ha costado entenderlo. Ahora lo llevo bien y lo hago con naturalidad. Pero cuando jugaba, disfrutaba en la pista, pero una vez terminaba el partido, me habría ido directamente a casa. Ostras, no acababa de gestionarlo bien; mi tendencia era esconderme por pura timidez. También es verdad que, en mi etapa final, experimenté un cambio muy grande cuando me tocó ser capitán. Pero, bueno, ha habido jugadores que lo han llevado mejor que yo.
Perder a su padre con 17 años... ¿Puede que le hiciera relativizar mucho más todo lo que rodea a las estrellas del deporte?
Obviamente, son cosas que te marcan. Seguramente yo no sería la misma persona de no haber tenido una adolescencia con tantas responsabilidades familiares. Cuando te explicaba que, mientras todavía jugaba, ya iba preparándome para el futuro, probablemente tenga que ver con la experiencia de haber tenido que mantener a mi familia cuando era muy joven. Al final, la vida es así. Y ya está.
Ha mencionado a los Juniors de Oro. Al final de su carrera coincidió en el vestuario con Navarro y con Pau Gasol. ¿Cómo era su relación con los jóvenes? ¿Se notaban muchas diferencias generacionales?
Sí, se notaban. Cuando en un vestuario hay una diferencia de 20 años… Con 10 años no se nota tanto y todavía estás en sintonía, pero 20 años es otro mundo. Es decir, Juan Carlos y Pau tenían otros códigos, eran de otro mundo. Nosotros, de jóvenes, también éramos muy descarados, como ellos. Y eso siempre está bien. Pero, en cuanto a cómo entrenaban, cómo nos organizábamos, era difícil hacerles entender ciertas cosas. Ellos se han encontrado con lo mismo después. Y ojo, que trabajaban mucho, pero de otra manera. No les expliques según qué cosas, porque te ven como a un señor que les saca 20 años. Creo que para los entrenadores, sobre todo, es dificilísimo conectar.
Andrés Jiménez
Adultos tratando de entenderse con chavales...
Yo no sé cómo se las apañan los entrenadores como Zeljko Obradović. Porque el mundo del baloncesto no tiene nada que ver con cuando él jugaba. No sé cómo consiguen entender y motivar a los jugadores de ahora, con valores y conceptos que no tienen nada que ver.
Imagínese haber compartido vestuario con jugadores que hacen TikToks desde dentro, como pasa hoy...
Exacto… ¿Cómo entiendes eso? ¿No ves que no toca? Es una ruptura tan grande… Pero es que es así, así funciona. Y, claro, a la hora de motivarlos, no les sueltes el rollo que nos soltaban a nosotros. Yo no sé qué les cuentan los entrenadores, porque… están muy, muy perdidos (ríe). Yo vengo de otra época y las redes sociales, por ejemplo, me cuestan mucho.
Vuelvo al presente. ¿Hace deporte?
Sí, intento correr un poco, camino, hago un poco de pesas, más que nada para mantenerme más o menos bien. Hace muchos años que no juego al baloncesto, porque teniendo las rodillas destrozadas… Hago cosas que me mantengan más o menos en forma. Hay que vigilar, porque nosotros, que somos tan grandes, tan altos, si perdemos la autonomía, estamos muertos. Es lo único con lo que voy con cuidado, intentar llegar en buenas condiciones cuando sea más mayor. También me gusta mucho la bicicleta, pero me da un poco de pereza porque, entre que te cambias, te preparas y tal, y pedaleas un par de horas, acabas perdiendo toda una mañana. Debería cogerla más.
Acabo preguntándole por el dibujo. Antes de Mi loca historia del básquet ya había publicado en varios medios. ¿Va a continuar en el mundo del cómic?
Yo dibujo por diversión, porque profesionalmente mantengo mi empresa y me ocupo de asuntos familiares. Así que para dibujar necesito ideas que me motiven. Sigo dibujando en Nuevo Basket y en Gigantes. Hace poco hice el dibujo para el cartel del centenario del Barça de baloncesto, que pronto presentarán. Y cuando tenga un poco más de tranquilidad y tiempo, me pondré con una idea que tuve hace poco. Al final, se trata de tener una excusa para dibujar.
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