Abascal no será el presidente, pero pondrá condiciones y determinará buena parte del relato político
Hasta hoy, todas las encuestas dan por hecha una rotunda mayoría absoluta de PP y Vox. Los populares no consiguen mejorar sus resultados, pero no hay duda de que los de Santiago Abascal van a doblar sus 33 diputados actuales. Por ejemplo, en Catalunya, los estudios demoscópicos apuntan que la mitad de los electores que mañana darían su voto a Sílvia Orriols si se celebraran elecciones al Parlament, el 29-N votarán a Vox. Por sorprendente que resulte, hay quien puede votar a un partido como Aliança Catalana, que dice que proclamaría la independencia de Catalunya de forma unilateral –aunque no se sabe cómo ni nadie se lo pregunta–, y a la vez puede votar a un partido que aboliría las autonomías, ilegalizaría los partidos independentistas y encarcelaría a la propia Orriols si pudiera. Cosas veredes.
El avance de la ultraderecha en buena parte del mundo revela que existe un hartazgo social considerable, una desafección que atraviesa ideologías y fronteras, alimentada por la frustración, la incertidumbre económica y la percepción de que la política ha dejado de ofrecer respuestas a los problemas cotidianos. Y España no va a ser una excepción.

Las elecciones del próximo 29 de noviembre abrirán una nueva etapa política. El pacto entre el PP y Vox, que ya hemos visto en media docena de comunidades autónomas, dará el salto definitivo al Consejo de Ministros. Alberto Núñez Feijóo será presidente del Gobierno y Santiago Abascal, vicepresidente, pero más allá de saber quién ocupará cada despacho, lo relevante es saber quién tendrá la capacidad efectiva de decidir el rumbo del país. Porque una cosa es ganar unas elecciones y otra, bien distinta, es conservar la autonomía política para gobernar.
La dependencia del PP respecto a Vox será absoluta. Sin ninguna alternativa parlamentaria viable, Feijóo necesitará a Abascal para llegar a la Moncloa y mantenerse en ella. Abascal no será el presidente, pero marcará la agenda, pondrá condiciones, fijará los límites y determinará buena parte del relato político. Feijóo será el copiloto de un coche con Abascal al volante.
Abascal no será el presidente, pero pondrá condiciones y determinará buena parte del relato políticoBasta imaginar quién ocupará los ministerios de Educación o del Interior para hacerse una idea de lo que nos espera. No se tratará simplemente de una alternancia en el poder, perfectamente legítima en democracia, sino de una enmienda a la totalidad de buena parte de las políticas impulsadas durante los gobiernos de Pedro Sánchez. Un cambio de orientación profundo, con consecuencias que irán mucho más allá de la derogación de determinadas leyes o de la sustitución de unos responsables políticos por otros.
Y no hace falta una bola de cristal para saber que, como tantas otras veces en la política española, Catalunya volverá a convertirse en el gran comodín. El conflicto territorial servirá para alimentar el discurso nacionalista español, cohesionar al bloque gobernante y justificar nuevas medidas de recentralización. La diversidad política y lingüística volverá a presentarse como un problema que conviene corregir, cuando no como una amenaza que hay que combatir. Asistiremos a una ofensiva contra la presencia del catalán en la escuela y en la vida social, acompañada de iniciativas para reducir el autogobierno y recuperar competencias para la Administración central. Y, si la mayoría da para eso, intentarán la modificación de las reglas electorales para dificultar la representación de los partidos territoriales.
Si esa agenda anticatalana toma forma, veremos, como ya ha ocurrido antes, que el independentismo encontrará la manera de recomponerse y recuperar el vigor que había perdido en los últimos años. Quienes, con mano dura, sueñen con cerrar definitivamente el innegable conflicto político que existe entre Catalunya y el Estado español es posible que consigan darle una nueva oportunidad. Serán, pues, tiempos propicios para los que defiendan aquello del “cuanto peor, mejor”.
Da la sensación de que las ganas de cambio de una parte importante de la ciudadanía servirán solo para celebrar lo que ocurra durante la noche electoral. Pero a la mañana siguiente será mejor que nos abrochemos bien los cinturones porque empezarán cuatro años de un gobierno de Feijóo, con Abascal al volante, llenos de crispación y turbulencias.
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