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Olvidar para odiar: de migrantes a receptores

Дата публикации: 01-10-2026 18:15:35

"Al día siguiente, la entrada a la fábrica fue una cosa ordenada, muy alemana (...) Luego llegamos a un sitio en el que había unos lingotes de hierro y la gente decía: “¿Aquí voy a trabajar? Anda y que trabajen ellos. Aquí me van a tener de esclavo”. Este testimonio recogido en el libro La Emigración Española en la encrucijada (1981) de José Antonio Garmendia Martínez representa la realidad de un obrero español en la Alemania Occidental durante los años sesenta. Su vivencia estaba marcada por la crudeza del fenómeno migratorio donde, en un mercado globalizado, el obrero solo es valorado por su fuerza de trabajo como una mercancía barata y fácilmente sustituible.Parece que a algunos se les olvida esto: que en los años 60, alrededor de dos millones de españoles emigraron como mano de obra, no por gusto, ni por ocio, ni para quitar el trabajo a alemanes, suizos y franceses, sino por necesidad. Así, la otra cara del “desarrollismo franquista” tiene el rostro de miles de trabajadores y trabajadoras que salieron de su país con una maleta y financiaron la modernización que el régimen se atribuyó en su totalidad. Un mercado ineficiente, incapaz de absorber el excedente de jornaleros desplazados por la mecanización mezclado con la precariedad de la existencia misma en estos años hizo que la emigración ejerciera de catalizador y “válvula de escape” para miles de familias de clase trabajadora.Sin embargo, a la llegada a sus países de destino se encontraron con la dura realidad: hacinamiento en barracones, largas y extenuantes jornadas laborales, exclusión social y racismo. Sobre todo, racismo. Para los países del centro de Europa, la llegada de españoles, en muchos casos, sin papeles –a diferencia del relato que prevalece en el imaginario colectivo–, procedentes de un país menos desarrollado y dictatorial era un riesgo para la “seguridad”, la riqueza y el status quo de sus respectivos países. Esta fue la tendencia del pueblo español hasta que en los ochenta, con la inserción de España en la “modernidad europeísta”, se transformó en un país receptor de población.En la actualidad, sectores enteros de la economía española, como la agricultura intensiva de exportación, la construcción y el trabajo doméstico y de los cuidados dependen en gran medida de una mano de obra inmigrante precarizada y vulnerada en derechos. La llegada de personas migrantes a nuestro país no es siempre acogida de buen agrado, especialmente cuando proceden del sur global, concretamente del continente africano. Sin embargo, el racismo que invade nuestro país se manifiesta a través de múltiples y poliédricas caras: es institucional –como advierte SOS Racismo en su último informe, el 70% de las situaciones de discriminación implican directamente a entidades públicas, que funcionan como muros burocráticos que obstaculizan el acceso a derechos–; es social –plasmándose en los mensajes volcados en redes sociales, en los cánticos racistas que escuchamos en los estadios o en el aumento de los delitos de odio con carácter xenófobo–; y especialmente, en su manifestación más evidente, es político.La extrema derecha ha abanderado el discurso xenófobo casi como si de una causa social se tratase. La “prioridad nacional” se ha convertido en el mantra capaz de condensar propuestas políticas de restricción de acceso a vivienda de protección oficial, sanidad o ayudas públicas para personas migrantes. Lo que en la praxis viene suponiendo una vulneración de derechos humanos elementales, tal y como ha evidenciado Amnistía Internacional. La estigmatización del migrante y su responsabilización en el deterioro de los servicios públicos, el encarecimiento de la vivienda o, en general, de las grietas manifiestas de la crisis del capitalismo tardío es cruel y deshumanizador. Estos discursos cada vez más habituales deberían generarnos rechazo, principal y exclusivamente, por su carácter xenófobo y racista, por una mera cuestión moral humanitaria, pero esta repulsión debería incrementarse aún más en un país que hasta hace solo sesenta años tenía una maleta y un viaje de ida.Por eso, quienes sostienen estas tesis xenófobas adolecen de una muy mala memoria histórica, porque no hace tanto tiempo, los españoles fuimos los inmigrantes precarizados en el extranjero o incluso dentro de nuestro territorio. Parece imperativo recordar que la clase trabajadora no tiene patria y que la explotación de un jornalero magrebí en los invernaderos de Almería en 2026 responde a la misma lógica que la de un obrero andaluz en las fábricas de Wolfsburgo en 1965 o la de un extremeño en los suburbios de Leganés. Como César Vallejo condensó en tan solo cuatro verbos: "¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras".BibliografíaBabiano, José (2002): “Emigración, identidad y vida asociativa: Los españoles en la Francia de los años sesenta”. Hispania, 62(211), 561–576.Esteves Santamaría, María del Pilar (2010): “Carta de España. La imagen oficial de la Emigración”. Cuadernos de Historia del Derecho, (Extraordinario), 103–128.Fernández Asperilla, Ana (2000): “Estrategias migratorias. Notas a partir del proceso de la emigración española en Europa (1959-2000)”. Migraciones & Exilios, (1), 67–94.Fernández Martínez, María (2020). “Emigración española a Alemania durante los años 60-70: El retorno de los emigrantes”. Institut für Romanistik, Universität Regensburg.Ortuño Martínez, Bárbara (2007). “Redes migratorias femeninas en la emigración española (1946-1960)”, Milars: Espai i Historia, 30, 63-76.Riera Ginestar, Joaquín (2026). Emigrantes: La historia olvidada de la emigración española a Europa (1960-1975), Marcial Pons.

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"Al día siguiente, la entrada a la fábrica fue una cosa ordenada, muy alemana (...) Luego llegamos a un sitio en el que había unos lingotes de hierro y la gente decía: “¿Aquí voy a trabajar? Anda y que trabajen ellos. Aquí me van a tener de esclavo”. Este testimonio recogido en el libro La Emigración Española en la encrucijada (1981) de José Antonio Garmendia Martínez representa la realidad de un obrero español en la Alemania Occidental durante los años sesenta. Su vivencia estaba marcada por la crudeza del fenómeno migratorio donde, en un mercado globalizado, el obrero solo es valorado por su fuerza de trabajo como una mercancía barata y fácilmente sustituible.

Parece que a algunos se les olvida esto: que en los años 60, alrededor de dos millones de españoles emigraron como mano de obra, no por gusto, ni por ocio, ni para quitar el trabajo a alemanes, suizos y franceses, sino por necesidad. Así, la otra cara del “desarrollismo franquista” tiene el rostro de miles de trabajadores y trabajadoras que salieron de su país con una maleta y financiaron la modernización que el régimen se atribuyó en su totalidad. Un mercado ineficiente, incapaz de absorber el excedente de jornaleros desplazados por la mecanización mezclado con la precariedad de la existencia misma en estos años hizo que la emigración ejerciera de catalizador y “válvula de escape” para miles de familias de clase trabajadora.

Sin embargo, a la llegada a sus países de destino se encontraron con la dura realidad: hacinamiento en barracones, largas y extenuantes jornadas laborales, exclusión social y racismo. Sobre todo, racismo. Para los países del centro de Europa, la llegada de españoles, en muchos casos, sin papeles –a diferencia del relato que prevalece en el imaginario colectivo–, procedentes de un país menos desarrollado y dictatorial era un riesgo para la “seguridad”, la riqueza y el status quo de sus respectivos países. Esta fue la tendencia del pueblo español hasta que en los ochenta, con la inserción de España en la “modernidad europeísta”, se transformó en un país receptor de población.

En la actualidad, sectores enteros de la economía española, como la agricultura intensiva de exportación, la construcción y el trabajo doméstico y de los cuidados dependen en gran medida de una mano de obra inmigrante precarizada y vulnerada en derechos. La llegada de personas migrantes a nuestro país no es siempre acogida de buen agrado, especialmente cuando proceden del sur global, concretamente del continente africano. Sin embargo, el racismo que invade nuestro país se manifiesta a través de múltiples y poliédricas caras: es institucional –como advierte SOS Racismo en su último informe, el 70% de las situaciones de discriminación implican directamente a entidades públicas, que funcionan como muros burocráticos que obstaculizan el acceso a derechos–; es social –plasmándose en los mensajes volcados en redes sociales, en los cánticos racistas que escuchamos en los estadios o en el aumento de los delitos de odio con carácter xenófobo–; y especialmente, en su manifestación más evidente, es político.

La extrema derecha ha abanderado el discurso xenófobo casi como si de una causa social se tratase. La “prioridad nacional” se ha convertido en el mantra capaz de condensar propuestas políticas de restricción de acceso a vivienda de protección oficial, sanidad o ayudas públicas para personas migrantes. Lo que en la praxis viene suponiendo una vulneración de derechos humanos elementales, tal y como ha evidenciado Amnistía Internacional. La estigmatización del migrante y su responsabilización en el deterioro de los servicios públicos, el encarecimiento de la vivienda o, en general, de las grietas manifiestas de la crisis del capitalismo tardío es cruel y deshumanizador. Estos discursos cada vez más habituales deberían generarnos rechazo, principal y exclusivamente, por su carácter xenófobo y racista, por una mera cuestión moral humanitaria, pero esta repulsión debería incrementarse aún más en un país que hasta hace solo sesenta años tenía una maleta y un viaje de ida.

Por eso, quienes sostienen estas tesis xenófobas adolecen de una muy mala memoria histórica, porque no hace tanto tiempo, los españoles fuimos los inmigrantes precarizados en el extranjero o incluso dentro de nuestro territorio. Parece imperativo recordar que la clase trabajadora no tiene patria y que la explotación de un jornalero magrebí en los invernaderos de Almería en 2026 responde a la misma lógica que la de un obrero andaluz en las fábricas de Wolfsburgo en 1965 o la de un extremeño en los suburbios de Leganés. Como César Vallejo condensó en tan solo cuatro verbos: "¡Alejarse! ¡Quedarse! ¡Volver! ¡Partir! Toda la mecánica social cabe en estas palabras".

Bibliografía

Babiano, José (2002): “Emigración, identidad y vida asociativa: Los españoles en la Francia de los años sesenta”. Hispania, 62(211), 561–576.

Esteves Santamaría, María del Pilar (2010): “Carta de España. La imagen oficial de la Emigración”. Cuadernos de Historia del Derecho, (Extraordinario), 103–128.

Fernández Asperilla, Ana (2000): “Estrategias migratorias. Notas a partir del proceso de la emigración española en Europa (1959-2000)”. Migraciones & Exilios, (1), 67–94.

¿Quedan “juancarlistas”?

Ver más

Fernández Martínez, María (2020). “Emigración española a Alemania durante los años 60-70: El retorno de los emigrantes”. Institut für Romanistik, Universität Regensburg.

Ortuño Martínez, Bárbara (2007). “Redes migratorias femeninas en la emigración española (1946-1960)”, Milars: Espai i Historia, 30, 63-76.

Riera Ginestar, Joaquín (2026). Emigrantes: La historia olvidada de la emigración española a Europa (1960-1975), Marcial Pons.

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