Así que las pensiones, ¿eh? En la meritocracia negativa de las derechas occidentales, en las que gente con pañales y a la que hay que cortarle los filetes y atarle los cordones dirigen países importantes —hasta potencias nucleares— estamos asistiendo a una sucesión de calamidades de quienes parecen desconocer dos de los principios más importantes de la comunicación periodística y política. El primero es, como explicamos hace muy pocas semanas, que solo hay un tema. Y en periodo electoral, uno estrecho y simplón. El segundo, que por más que excites a tu electorado, no le dan más papeletas. Las elecciones, decía Josh Lyman, no son dos respuestas a una pregunta, sino una disputa por cuál es la pregunta.Los obsesos del humor recordarán aquel sketch de Faemino y Cansado en el que Carlos Faemino, en este caso, oficiando de Arroyito, interpretaba a un cliente que entraba en una mercería a adquirir unas medias de nylon negras con perlitas en los tobillos de las que se había encaprichado. En un momento dado, aducía: “Pero es que vengo encaprichada”. Y la respuesta del tendero, aka Javier Cansado, era: “Ah, pues aquí no hacemos descuento”. No hacemos descuento por muy encaprichada que vengas. El colegio electoral es igual: uno puede ir tranquilo como un corderito a votar o echando espumarajos por la boca y envuelto en la bandera de la Cruz de San Andrés, pero no te dan más papeletas que una.Esta es una de las cosas que entendía bien el sociólogo Pedro Arriola, del que hoy en el PP nadie parece tener memoria y que siempre le dijo a Mariano Rajoy, “hagas lo que hagas, nunca excites al electorado de izquierda”. En un país sociológicamente empatado entre la derecha y la izquierda y en el que las más de las veces deshacen el empate los humores de las naciones políticas aledañas —Euskadi y Catalunya— la clave siempre es la movilización. Como el desaparecido y muy llorado habitante de estas páginas Jaime Miquel repetía, no hay apenas movimientos de voto entre bloques, de modo que la clave de la derecha para derrotar a la izquierda es desmovilizarla. Para que la derecha obtenga más de doscientos escaños, como hoy proclaman sociólogos por correspondencia, los lectores de Infolibre tienen que quedarse en casa el 29 de noviembre.Pero ahora que la inteligencia ha desaparecido del puente de mando de las derechas occidentales, la sensatez de Pedro Arriola es un recuerdo borroso. Así que, en unas elecciones a priori ganadas por la derecha, a PP y Vox no se les ha ocurrido mejor cosa que meter en el debate del país que más crece de Europa Occidental, y en el momento más próspero que ha atravesado este reino, poner en el debate, digo, que las bajas laborales pagadas son un dispendio y una sangría —no los beneficios empresariales, que siguen creciendo año tras años en porcentajes de más de dos dígitos, como si fuéramos un país subdesarrollado que acaba de descubrir el ferrocarril—, que lo de las pensiones es una broma carísima con la que hay que acabar y, para rematar, dejándose envolver por los efluvios opusinos, que algo habrá que hacer con el derecho al aborto y la ley de eutanasia. Perguapu.Pueda ser que la derecha estuviera tentada de pensar que el temazo de Pimpinela que han interpretado Gabriel Rufián e Irene Montero al alimón les va a salvar de esta, pero eso murió el viernes, y lo de las pensiones aquí sigue. Y seguirá.Los periodistas, lo confieso, adoramos estas torpezas porque dejan el camino expedito para darse festivales de condescendencia, que también tienen algo de venganza salarial: un asesor de comunicación política siempre cobra mucho más que un redactor de prensa, así que cuando meten la pata hasta el corvejón, como llevan haciendo las derechas españolas desde que Pedro Sánchez anunció la disolución de Las Cortes, salivamos hasta hacer charco como depredadores ante una gacela coja.Dado que el presidente aprieta el botón rojo de la disolución de las Cortes cuando más le conviene, eligió ese momento de la acampada de Sol y el rechazo al decreto Maricarmen porque situaba las políticas sociales en el centro del debate de país, algo de lo que la derecha, hoy huérfana de toda doctrina económica desde la caída en el ridículo de las tesis de Friedman, huye como de la peste. De pronto, los matones tatuados de Desokupa parecían lo obvio: machistas violentos con tendencia a cierto sobrepeso, tatuajes vikingos y escasez capilar que recuerdan muchísimo a los camisas negras de hace cien años, hostigando a la clase trabajadora y a las pensionistas de renta antigua. Bien, las derechas podían sospechar —los que acabaran el bachillerato, al menos, debían hacerlo— que Sánchez haría justo eso, y que su principal tarea para ganar sería volver a fijar las elecciones como un plebiscito, no sobre la vivienda, las mamografías, las alertas meteorológicas, los desahucios o el nivel de empleo y crecimiento del país, sino sobre la grandeza de España y la españolidad españolísima de sus ciudades autónomas.Para sorpresa —relativa— de los oficiantes de lo mío, los dos primeros días decidieron que había que hablar de lo vagos que sois pillándoos bajas por tener 38 grados de fiebre y del recorte que hay que hacer en las pensiones que cobráis los que ya no dobláis el lomo. El intento postrero por salir del tema del candidato a presidente derechista fue “se acabó”, un enternecedor y un tanto desesperado intento por dictar de qué tenéis que hablar vosotros y qué tenemos que contaros nosotros.El único astuto ahí parece el tal Tellado, intentando provocar una guerra naval con Marruecos —lo que sería un exitazo—, pero su problema es que, lejos de secundarlo, la facción opusina de los suyos quiere hablar de quitar el derecho al aborto, y la sección Icade no deja de insistir en que los viejos coman pan duro y sopa de sobre.Pero manejar la agenda de comunicación correctamente no solo es leer a Lakoff y ver completa El ala oeste de la Casa Blanca muchas veces —que está bien—, sino conocer la sociología del país. Recuerdo los encomios a los españoles veteranos por las concentraciones en defensa de las pensiones que protagonizaron cada lunes durante varios años. Tiene mérito sí, pero relativo. Porque como pensionista, ir a una concentración cada lunes, de la que bajas a hacer la compra, y quedarte luego de txikiteo con los colegas supone un esfuerzo asumible. Incluso grato. Es decir, en campaña —ay, Pedro Arriola, qué poco te escucharon— no es muy hábil tocarle las narices a un sector de población que tiene todo el día para abrirse cuentas en redes sociales y concentrarse delante de las instituciones. Literalmente, no tienen otra cosa mejor que hacer que dar una última batalla por sus derechos y su dignidad. Veinticuatro, siete.Es cierto que la joven democracia liberal y el Estado del Bienestar se lo juegan todo en estas elecciones españolas, y que sería un dramón caer en manos del atrasismo feudal. Pero acabe como acabe, está claro que la campaña electoral de las derechas, al menos a los que nos dedicamos a analizar la política y sus mecanismos de comunicación, está claro que solo va a darnos alegrías. Yupi.
Así que las pensiones, ¿eh? En la meritocracia negativa de las derechas occidentales, en las que gente con pañales y a la que hay que cortarle los filetes y atarle los cordones dirigen países importantes —hasta potencias nucleares— estamos asistiendo a una sucesión de calamidades de quienes parecen desconocer dos de los principios más importantes de la comunicación periodística y política. El primero es, como explicamos hace muy pocas semanas, que solo hay un tema. Y en periodo electoral, uno estrecho y simplón. El segundo, que por más que excites a tu electorado, no le dan más papeletas. Las elecciones, decía Josh Lyman, no son dos respuestas a una pregunta, sino una disputa por cuál es la pregunta.
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