Nuestros cuerpos no enferman en cámaras estancas; nuestra existencia no transcurre en el aislamiento ni está desarraigada de su contexto social y político. Nuestras vidas no están suspendidas en la nada; el cáncer no es una culpa individual.Estamos conectados por hilos invisibles: el aire que respiramos, los alimentos que consumimos, los tóxicos cotidianos a los que nos exponemos y la prisa que nos agota. Por eso, aunque el cáncer hiera a una persona, nos apela a todas: es una señal de que nuestro tejido colectivo está fallando. La enfermedad no es un hecho aislado que ocurre en el vacío de un laboratorio. Es el resultado de cómo vivimos, cómo nos organizamos y cómo nos cuidamos como sociedad.Convertir la salud en una responsabilidad puramente individual es una trampa que desprotege al ciudadano, aumentando la brecha social. Frente a esto, urge defender un sistema público que garantice de manera real que nuestra salud no es un privilegio ni una mercancía convertida en negocio.El Estado tiene la obligación absoluta de garantizar que sobrevivir a una enfermedad no dependa de la capacidad de consumo de una sociedad, de campañas de marketing ni de la arbitrariedad de fondos privados. Dejar la respuesta en manos de esta filantropía valida un modelo que elige a quién mirar y a quién dejar en la sombra. La salud no es un favor; es un derecho fundamental que tenemos que garantizar como sociedad porque, como bien advertía George Orwell, lo verdaderamente importante no es simplemente mantenerse vivo, sino mantenerse humano.________________Cristina García Zarza es paciente de cáncer de mama.