Un estudio de arqueólogos de la Universidad de Sevilla demuestra que constituía el ajuar con el que una sacerdotisa y un monarca encarnaban a la diosa Astarté y a su pareja en el ritual del matrimonio sagrado
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El 30 de septiembre de 1958, una cuadrilla de obreros que ejecutaba obras en la Sociedad de Tiro de Pichón en Camas tropezó fortuitamente con un hallazgo que cambiaría la arqueología de la Península Ibérica. En el interior de una gruesa vasija cerámica hecha a mano aparecieron veintiuna deslumbrantes piezas de oro macizo: un collar con cadenillas y colgantes, dos brazaletes cilíndricos, dieciséis placas rectangulares y dos pectorales con singular forma de piel de toro extendida. Aquel conjunto, bautizado de inmediato como el Tesoro de El Carambolo, fue considerado la obra cumbre de la civilización de Tartessos.
Durante más de medio siglo, el enigma sobre a quién pertenecieron estas joyas y su uso ceremonial ha desatado controversias académicas. Desde la hipótesis de su descubridor, Juan de Mata Carriazo, quien vio en ellas "un tesoro digno de Argantonio" —el rey tartésico citado por Heródoto—, hasta quienes sugirieron que engalanaban una estatua de culto o xoana, o la propuesta de que vestían a un sacerdote fenicio y a dos toros destinados al sacrificio ritual. Sin embargo, un riguroso estudio publicado en Archivo Español de Arqueología (CSIC) por los arqueólogos Álvaro Gómez Peña y Marta Bermúdez Cordero, de la Universidad de Sevilla, ha transformado radicalmente lo que se sabía hasta la fecha. La investigación demuestra que las joyas constituían el ajuar ceremonial con el que una sacerdotisa y un monarca encarnaban a la diosa Astarté y a su pareja durante el ritual del Matrimonio Sagrado.
Los investigadores Álvaro Gómez y Marta Bermúdez.
/ José Ángel García
Un vestuario sagrado dividido en dos lotes divinos
Gómez Peña y Bermúdez Cordero conectan el tesoro con la orfebrería de Chipre, Siria y Asiria entre los siglos X y VI a. C., principales regiones de las que proceden los comerciantes y colonos orientales, así como con el poema mesopotámico del Descenso de Inanna/Ishtar a los Infiernos, diosas que fueron antecesoras directas de la fenicia Astarté. A partir de este cuerpo comparativo, el estudio divide por primera vez el conjunto en dos lotes funcionales diferenciados:
El Lote Femenino (Sacerdotisa / Astarté): Integrado por el collar con sellos, los dos brazaletes, el pectoral decorado con hileras de rosetas y ocho de las placas rectangulares adornadas con este mismo motivo. Las rosetas, símbolo astral y vegetativo, remiten a la manifestación venusina de la diosa Astarté. Unidas por pasadores internos, las ocho placas rectangulares formaban una corona articulada que ceñía la cabeza de la sacerdotisa, a semejanza de los tocados de Nimrud, Siria y Chipre.
Propuesta de colocación de las placas rectangulares junto a paralelos del Mediterráneo oriental.
/ M.G.
El Lote Masculino (Monarca / Sacerdote): Compuesto por el segundo pectoral —adornado con semicircunferencias y semiesferas con umbos rehundidos— y las ocho placas rectangulares restantes con idéntica decoración de semiesferas. Este segundo grupo formaba una corona gemela destinada al monarca o sumo sacerdote, quien actuaba como pareja terrenal del dios en la liturgia.
Estudios metalúrgicos mediante fluorescencia de rayos X (XRF) refuerzan esta dualidad al probar que las joyas no salieron de un taller único. Las analíticas distinguen tres grupos de aleaciones: pureza de oro del 96 % en el pectoral y placas con semiesferas; 93,8 % de oro en los brazaletes, el pectoral y las placas con rosetas; y 91,5 % de oro en el collar. Su fabricación combina técnicas atlánticas (repujado de brazaletes) con sofisticadas técnicas fenicias como la cera perdida y soldaduras avanzadas.
El mito del Descenso al Inframundo y el Hieros Gamos
Colocación de las piezas sobre la sacerdotisa de Astarté y terracota de Ishtar como paralelo con joyas similares en la misma. disposición
/ M.G.
En las versiones del Descenso de Inanna/Ishtar a los Infiernos, la gran diosa engalana su cuerpo con siete joyas sagradas o "poderes" (me) antes de cruzar las siete puertas del mundo subterráneo. En cada umbral, el guardián la despoja de un adorno hasta dejarla completamente desnuda ante la reina infernal Ereshkigal.
La muerte temporal de la diosa paraliza la fertilidad en la Tierra: los campos no dan fruto y la reproducción animal y humana se interrumpe trágicamente. Su posterior resurrección y retorno al mundo de los vivos reanuda la fecundidad de la naturaleza.
Para representar ritualmente este mito, se llevaba a cabo la ceremonia del Matrimonio Sagrado (hieros gamos). Mediante este drama litúrgico, la sacerdotisa y el rey renovaban el ciclo de la naturaleza, garantizaban la fertilidad de cosechas y ganado, y legitimaban la continuidad regia. En el Carambolo, la entrada de los oficiantes en la estancia principal reproducía simbólicamente este descenso in illo tempore. La sacerdotisa encarnaba a Astarté en su dimensión de "dadora de vida", mientras que el monarca asumía el papel de su consorte, como sostiene la investigación.
La red de símbolos sagrados del santuario de Camas
Estatuilla de Astarté con detalles en primer plano de varias partes de la pieza.
/ M.G.
La hipótesis de Gómez Peña y Bermúdez Cordero cobra una solidez incontestable al vincularse con los demás hallazgos arqueológicos documentados en el santuario de El Carambolo:
La estatuilla de Astarté: Esta figura de bronce muestra a la diosa sentada con una dedicatoria fenicia que la invoca como Astarté ḥr ("Astarté de la gruta o tumba"), confirmando su carácter ctónico y funerario. Los análisis revelan marcas en la cabeza compatibles con el perímetro exacto (~40-42 cm) que formarían las placas de oro ensamblas como corona, así como trazos cruzados sobre el pecho que representan el tudittu o pectoral ritual.
Los altares en forma de piel de toro: En la estancia A-40 se exhumó un altar de tierra modelado con perfil cóncavo de piel de toro extendida. Esta silueta imita la piel del Toro Celeste (Gugalanna), cuyo sacrificio cósmico desata el banquete funerario en el mito. Junto al altar se halla una oquedad o bothros destinada a libaciones de sangre para las divinidades subterráneas y los antepasados reales (rephaim). Arqueoastronómicamente, el altar está orientado hacia la puesta del planeta Venus antes del solsticio de verano, evento ligado a la invisibilidad y reaparición de Astarté.
Los pavimentos de conchas marinos: Los accesos del santuario están pavimentados con miles de conchas o valvas marinas. Este elemento arquitectónico traduce literalmente el pasaje del mito acadio donde Ereshkigal ordena esparcir conchas apotropaicas (ayyarāti) sobre el umbral del templo infernal para permitir la salida de Ishtar, actuando como un escudo protector entre el espacio profano y el recinto sagrado.
El híppos de cerámica: En una fosa del santuario apareció una barca cerámica con prótomo de caballo. Esta nave votiva evoca la barca celeste y funeraria con la que la diosa se desplazaba por el inframundo, guiando las almas y custodiando el viaje sagrado.
Coherencia territorial en el ámbito tartésico
El cerro de Camas en el que fue hallado el Tesoro.
/ D.S.
Esta relectura guarda una profunda coherencia externa con otros célebres tesoros de la Península. En el tesoro de La Aliseda (Cáceres), los hallazgos en el complejo litúrgico de Las Cortinas han revelado banquetes rituales vinculados a la renovación agraria primaveral. Asimismo, el tesoro de Ébora (Sanlúcar de Barrameda) cuenta con una diadema que representa un altar de piel de toro, betilos y árboles sagrados (asherah), confirmando santuarios costeros consagrados a las liturgias de Astarté.
El Tesoro del Carambolo emerge así como el atavío litúrgico más sagrado del suroeste peninsular. A través del destello imperecedero de su oro, la sociedad tartésica y los colonos fenicios escenificaban año tras año el triunfo de la vida sobre la muerte, uniendo a sacerdotes, reyes y dioses en un abrazo eterno de fertilidad y prosperidad.