Casi todos los artistas flamencos jerezanos de la historia necesitaron venir y doctorarse en Sevilla, que ha sido casi siempre la capital del flamenco y una universidad para adquirir conocimiento jondo. Jerez hoy tiene su propio y gran festival y no necesitan ya triunfar en la ciudad de la Giralda. En el siglo XIX, si no le caías bien a Juan Junquera o a su hermana Tomasa, porque bailaras demasiado gachó, lo tenías crudo.
Desde que vino la primera vez, el bailaor jerezano Joaquín Grilo encontró en Sevilla una plaza amiga. Seguro que los Junquera le hubieran dicho, de haber nacido en el XIX: “¡Pero qué maneras son las de este gachó?”. Son las maneras de un bailaor genial que baila como le sale del alma, sin ajustarse a cánones establecidos. Yo le llamo el bailaor de trapo, por esa manera suya de relajar los brazos y de recogerse, que parece que se va a caer. En él vale lo que decía Valderrama sobre los artistas: “Hay que tener un sello, aunque sea de Correos”.
Siempre que Grilo vino a la Bienal no dejó a nadie indiferente, porque la Sevilla flamenca puede ser conservadora, quizá en exceso, pero cuando viene alguien de fuera, de otra escuela, con arte, le abre los brazos. Pasó con Ramírez, el gran bailaor jerezano, o con la bailaora Mariquita Malvido, la esposa de Fosforito el de Cádiz. O con La Escribana, el travesti malagueño que se enfundaba una bata de cola en El Burrero haciendo pareja con Concha la Carbonera. Que se cree Liñán que ha inventado algo.
En la Bienal de 2018, Joaquín Grilo vino a presentarnos Cositas mías en el Lope de Vega. Llegó con el que hoy es un gran guitarrista, Antonio Rey, entonces una promesa. Mara Rey al cante y, entre otros, el violinista Faical Kourrich. Grilo triunfó por todo lo alto porque supo combinar con maestría sus ensoñaciones con lo clásico. O sea, lo personal con la tradición, por eso bordó una soleá para el manto de la historia y dejó cosas por bulerías que hasta los albures del río salieron a hacerle compás con las aletas.
Mara Rey, la hermana de Antonio Rey, le cantó de una manera increíble. Joaquín necesita un cante profundo para sacar su mejor baile de donde se sacan los pellizcos o torniscones jondos. Es verdad que el jerezano descompone a veces para componer sus cositas. Eso no es malo cuando se sabe hacer y Grilo lo borda. Es un creador, no un palmero de cuadro o de tablao. Por eso lo esperamos siempre como quien espera el milagro del amanecer: por si el sol nos trae una luz nueva.
Prefiero a Grilo con sus cositas, que a quien viene a vendernos la burra de una tradición que huele a naftalina y aburre a las ovejas.
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