Los hombres no disponemos de un repertorio instintivo que nos indique cómo vivir. La cultura intenta suturar, generación tras generación, esa herida abierta. Carecemos de la “inteligencia de especie” que la naturaleza ha concedido a otras criaturas, y esta carencia la compensamos con normas, hábitos e instituciones. Es lo que Arnold Gehlen llamó nuestra “segunda naturaleza”. En ella, la prohibición no empequeñece nuestra libertad; desde tiempos inmemoriales ha tejido la trama invisible de la vida en común. Así, la prohibición del incesto ha protegido a la familia al sustraer la sexualidad de las relaciones entre sus miembros. La del canibalismo ha reconocido en el otro a un semejante. No se lo come; le da de comer. Ahí germina la hospitalidad. Y el respeto a la frontera ha hecho posible la ciudad, en cuyo umbral se han podido trazar puentes. Roma conservó ese recuerdo en el mito de la muerte de Remo al violar el surco que trazó Rómulo.
Acoger al forastero pertenece a un estrato antiquísimo de la civilización. Antes de la hospitalitas romana y germánica existió la xenía griega, cuya memoria conserva Homero y cuyas raíces alcanzan la Edad del Bronce. Recibir al extraño y dispensarle la protección temporal de la casa era una obligación social. Desde el siglo XI, con el auge de las rutas de peregrinos, la antigua hospitalidad doméstica se trasladó a una red de hospitales fundados por órdenes religiosas, destinados a acoger al hospes, al huésped. La caridad cristiana le dio un impulso nuevo: “Fui forastero y me acogisteis” fundamentó más hondamente aquella obligación social. Ofrecer techo, alimento y descanso al peregrino era misericordia y, al mismo tiempo, una vía para salvar el alma. Pero la hospitalidad no representaba una acogida sin límite. Los hospitales estaban pensados para caminantes; sus ordenanzas restringían la estancia a pocos días. Sólo la enfermedad justificaba una permanencia mayor. Recuperada la salud, el huésped debía seguir su camino. La finalidad era socorrer a quien está de paso, no incorporarlo a la comunidad.
La filosofía política formularía después con precisión esa diferencia. Kant sostuvo que del derecho de hospitalidad no deriva el de residencia. Visitar y establecerse pertenecen a órdenes distintos. Algo semejante puede reconocerse en el ordo caritatis de Tomás de Aquino. Los deberes de caridad alcanzan a todos, pero no de manera indiferenciada. El cristiano tiene obligaciones hacia el extranjero y el necesitado, sin que esas obligaciones cancelen las contraídas con sus círculos más próximos: la familia, la comunidad o quienes dependen directamente de él. Si la caridad cristiana universalizó el deber de no abandonar al extraño, el ordo caritatis impidió confundir esa universalidad moral con la obligación ilimitada de acogida. La hospitalidad tenía vocación universal, pero ordenada por la prudencia, la necesidad y los vínculos.
El multiculturalismo contemporáneo ha confiado en que comunidades culturalmente diversas podían convivir en la misma nación conservando su propio mundo. Donde esa convivencia se ha reducido a mera yuxtaposición no ha nacido una sociedad, sino varias que se ignoran. La hospitalidad necesita una casa; y, para que su puerta permanezca abierta, la casa debe seguir existiendo. Socorrer al caminante forma parte de la humanidad que se debe a cualquiera. Decidir quién puede quedarse y bajo qué obligaciones pertenece al ámbito de la política. Si el huésped se convierte en miembro estable de la comunidad, cambia la naturaleza del vínculo. Ya no basta la generosidad de una de las partes, sino que entran en juego leyes compartidas y deberes recíprocos.
Confundir ambos planos no ensancha la caridad; desdibuja la diferencia entre lo que se debe al extraño y lo que también se debe a la comunidad que lo acoge. El surco que trazó Rómulo no cerraba la ciudad, la fundaba. Una ciudad fundada puede abrir puertas; un territorio sin límite no tiene dónde ponerlas.
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