Es una excusa, porque llevaba tiempo queriendo escribir, pero he sentido la necesidad, ya ves, de empezar a darle forma a una teoría de estas estupendas que a uno se le pasa por la cabeza cuando tiene millones de cosas que hacer y no tiene tiempo. Teorizar sobre la perfección, bendito sea Dios.
Es una excusa, porque llevaba tiempo queriendo escribir, pero he sentido la necesidad, ya ves, de empezar a darle forma a una teoría de estas estupendas que a uno se le pasa por la cabeza cuando tiene millones de cosas que hacer y no tiene tiempo. Teorizar sobre la perfección, bendito sea Dios.
Todo viene porque leí aquello de que la SGAE había anunciado que las bandas tendrían que meter un 7% extra en los contratos para que los autores recogieran en caja a final del curso. Pero no quiero discutir esto en términos económicos. Ni siquiera en un tono cien por cien capillita (todos los autores de hace más de 100 años sonando de gratis detrás de tronos y pasos. Baberito). No, se trata de saber quién lo pagan cómo se calcula, si las marchas propias de la hermandad, ya pagadas al compositor, tienen que tributar el diezmo de los artistas… Yo creo que la cosa está en una mirada diferente, en perspectiva.
Vivo en la contradicción, dicho sea de paso. Llevo años investigando precisamente cómo teorizar la gestión de hermandades y cofradías, cómo avanzar en esos modelos de gestión que el marketing clásico propone y traerlo a algo tan infrecuente, ambiguo y poliédrico como son nuestras corporaciones. Yo tengo claro que las cofradías y todo lo que las rodea tiene que tender a gestionar mejor todos los recursos: transparencia, legalidad, profesionalización de ciertos ámbitos (¡cuántos años lleva profesionalizada la música cofradiera!). Pero, sobre todo, lo que me lleva a teorizar, investigar y preguntar es cómo deben pensar de manera estratégica en el futuro de instituciones centenarias algunas, de hace un puñado de décadas otras. Y aquí aterrizo en una reflexión que me hago cada Domingo de Ramos: ¿puede una hermandad estar perfectamente gestionada y haber perdido, por el camino, una parte de aquello que la hacía hermandad?
A ver cómo te explico yo esto sin parecer yo estúpido… Yo siempre que veo un trono o un paso me digo: “¡Ojú, qué bonito todo, qué perfecto!”. Y paro y me pregunto: “¿Y si con tanta perfección estamos desmontando la idea?”. Filas de nazarenos perfectas, acólitos perfectos, flores milimétricamente perfectas, velas rectas comprobadas con el nivel láser, música afinada, sillas y tribunas alineadas, llegando al límite de la perfección para ver la perfección. Pero ¡qué aburrida es la perfección! La perfección en muchas ocasiones no epata.
Lo del canon de la SGAE me lleva a pensar que en ese afán de perfeccionar todo, en el camino a esa Semana Santa -y alrededores- perfectita, estemos llegando a saturar de perfección todo. Es razonable exigir seguridad, pero en 500 años no ha habido planes de autoprotección, planes de evacuación, planes de seguridad, planes de planes de planificación de planes, consultas al operario de Greenwich por si tal hermandad se ha retrasado, llamadas a la AEMET, a Andalmet, a Antonio y a mi prima de la Conil por si vienen nubes… Es decir, por separado podemos entender todas y cada una de las decisiones que buscan mejorar, eso es indiscutible, pero cuando uno más uno más otro se acumulan, terminamos teniendo una cosa tan racional como pueda ser un congreso de dermatólogos o un quirófano. O sea, le estamos dando una racionalidad excesiva a algo que es religión vivida, comunidad vivida, sociedad vivida. La vida no es racional, carajo; la vida es una cosa loca que se llena con emociones, con sentimientos y esto no entiende de AENOR ni de que venga el de Bureau Veritas a certificar que tu procesión es alta, guapa, segura, cardioprotegida, sostenible y con huella de carbono cero. La acumulación de racionalidad nos lleva a perder la realidad que históricamente ha sostenido el fenómeno cofradiero en Andalucía.
Siempre ha habido organización en la Semana Santa, siempre ha habido dinero, conflictos, horarios, poderes y contrapoderes, intereses y contraintereses. Siempre. No se entienda aquí una defensa romántica del caos ni una idea naif de que todo ocurría espontáneamente. Está claro. Pero en el camino a la Semana Santa perfectita estamos pasando de organizar una Semana Santa a producir una Semana Santa. Hablamos ya en términos cuasi industriales. Dios me libre de meter ahora a Adorno en la conversación. Pero la Semana Santa, las cofradías, van camino de convertirse en una imagen del Detroit de Ford, porque producir significa concebir el acontecimiento, el evento, como algo que debe ejecutarse con precisión. Tiene que salir todo perfecto, la curva, la saeta, las palilleras, la banda, el recorrido… Todo para que pueda ser comunicada, promocionada y consumida.
La cosa es que la Semana Santa nunca ha sido sólo sacar santos a la calle. Es un hecho religioso, es una realidad social y antropológica. Es religión vivida, es memoria familiar, es barrio, es sentimiento de pertenencia, también implica un salto intergeneracional y una identidad y apropiación simbólica de la calle. Es algo muy andaluz, muy mediterráneo, muy español: es sociabilidad y emoción compartida. Eres tú leyendo esto y pensando que tu abuelo te llevó una vez de la mano a ver la Pollinica, o que estuviste con tus amigos en aquella extraordinaria de la Esperanza de Triana. Es una forma de vivir la ciudad de una manera propia y diferente es, hoy en día, un hecho cuasi revolucionario en ciudades con centros deshabitados, con escenarios de cartón piedra pensadas para todos menos para ti.
Quizá es un buen punto para discutir esa diferencia entre pueblo y público. No es lo mismo. El público es el que contempla, el turista, el invitado, el vip de la tribuna; el pueblo participa, es el ciudadanos, el habitante, el que crea la verdad de la ciudad. El público puede contabilizarse en espectadores, visitantes, turistas, audiencias o gasto hotelero y hosteleros; el pueblo es una masa bastante más difícil de medir. Una ciudad puede tener cientos de miles de personas en sus calles y, paradójicamente, celebrar una Semana Santa menos popular. Basta con que quienes antes la hacían empiecen simplemente a verla, a sentarse a consumir. La popularidad de una fiesta no depende solo de cuánta gente congrega, sino del grado en que esa gente siente que aquello también le pertenece.
Y ahí aparece esta aspiración a la Semana Santa perfectita. Recorridos perfectos. Horarios perfectos. Repertorios perfectos. Imágenes perfectas para Instagram. Retransmisiones perfectas. Comunicación perfecta. Contratos perfectos. Una experiencia sin tiempos muertos, sin errores, sin desviaciones y, a ser posible, sin incertidumbre. Técnicamente impecable. El problema es que las culturas populares nunca fueron perfectas. Precisamente porque estaban vivas. La perfección pertenece más al producto terminado que a la experiencia colectiva.
Reivindicar esto no significa defender la chapuza. La mala gestión no es autenticidad. La opacidad no es tradición. Incumplir obligaciones no convierte a nadie en más popular. Improvisar irresponsablemente no es defender la esencia de nada. Hay ámbitos en los que las hermandades necesitan, sin duda, mucha más planificación y profesionalización (ahí es donde yo vendo mi libro…). Pero entre el desorden y el control absoluto existe un territorio enormemente fértil: el de la vida. El de esa charla con cofrades mientras esperas a la Salud, en no saber qué viene ahora, en dejarse sorprender.
Tal vez por eso el modelo de gestión más avanzado sobre el que aspiro a teorizar a corto plazo no sea aquel capaz de gestionarlo todo. Quizá sea aquel que sabe qué debe gestionar y, sobre todo, qué debe dejar sin gestionar.
Profesionalizar donde la profesionalización aporta valor. Planificar donde la planificación protege. Medir donde medir ayuda a decidir. Pero preservar espacios de autonomía, apropiación y espontaneidad allí donde reside buena parte del valor social del fenómeno. Es decir, que las hermandades sean ecosistemas vivos. La gestión debería estar al servicio de la hermandad y de su misión, no convertir a la hermandad en una organización cuya máxima aspiración sea funcionar sin fricciones.
Y entonces volvemos al 7%, que era la excusa. Alrededor de la Semana Santa existen administraciones públicas, sociedades de gestión, empresas, medios de comunicación, plataformas digitales, hosteleros, operadores turísticos, proveedores, músicos y, naturalmente, las propias hermandades. Todos tienen intereses legítimos. Todos incorporan normas, contratos, derechos, obligaciones y racionalidades que deben ser atendidas. Seguramente muchas de ellas son necesarias. Pero cuanto más sofisticada se vuelve la maquinaria, más importante resulta formular una pregunta elemental: ¿de quién es la Semana Santa?
Porque el riesgo no consiste en que la Semana Santa esté cada vez mejor organizada. Ojalá lo esté. El riesgo aparece cuando confundimos organizar mejor con controlarlo todo; cuando convertimos la participación en asistencia, la pertenencia en consumo y al pueblo en público. Podemos llegar a construir una Semana Santa extraordinariamente eficiente, segura, rentable, puntual, medible, fotografiable y jurídicamente impecable. Una Semana Santa perfectita. Y eso a mí me aterra.
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